Madame Bovery (Gustave Flaubert) - pág.14
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Decorando la estancia, en el centro
de la pared, cuya pintura verde se desconchaba por efecto del salitre, colgaba de un clavo
una cabeza de Minerva, dibujada a lápiz negro, en un marco dorado, y que llevaba abajo,
escrito en letras góticas: «A mi querido papá.»
Primero hablaron del enfermo, luego del tiempo que hacía, de los grandes fríos, de los
lobos que merodeaban por el campo de noche. La señorita Rouault no se divertía nada en
el campo, sobre todo ahora que tenía a su cargo ella sola los trabajos de la granja. Como
la sala estaba fresca, tiritaba mientras comía, lo cual descubría un poco sus labios
carnosos, que tenía la costumbre de morderse en sus momentos de silencio.
Llevaba un cuello vuelto blanco. Sus cabellos, cuyos bandós negros parecían cada uno
de una sola pieza de lisos que estaban, se separaban por una raya fina que se hundía
ligeramente siguiendo la curva del cráneo, y dejando ver apenas el lóbulo de la oreja,
iban a recogerse por detrás en un moño abundante, con un movimiento ondulado hacia
las sienes que el médico rural observó entonces por primera vez en su vida. Sus pómulos
eran rosados. Llevaba, como un hombre, sujetos entre los dos botones de su corpiño, unos
lentes de concha.
Cuando Carlos, después de haber subido a despedirse del señor Rouault, volvió a la sala
antes de marcharse, encontró a la señorita de pie, la frente apoyada en la ventana y
mirando al jardín donde el viento había tirado los rodrigones de las judías. Se volvió.
-¿Busca algo? -preguntó.
-Mi fusta, por favor -repuso el médico.
Y se puso a buscar sobre la cama, detrás de las puertas, debajo de las sillas; se había
caído al suelo entre los sacos y la pared. La señorita Emma la vio; se inclinó sobre los
sacos de trigo. Carlos, por galantería, se precipitó hacia ella y, al alargar también el brazo
en el mismo movimiento, sintió que su pecho rozaba la espalda de la joven, inclinada
debajo de él. Emma se incorporó toda colorada y le miró por encima del hombro mientras
le alargaba el látigo.
En vez de volver a Les Bertaux tres días después, como había prometido, volvió al día
siguiente, luego dos veces por semana regularmente, sin contar las visitas inesperadas que
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