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Confesiones de un Croupier - Capítulo 15: Jugadores y Prestamistas

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No pasa de ser un mito la creencia de que en los sitios donde el dinero es Dios y urgencia, pueden hallarse diversos métodos y maneras para que los que quedaron sin blanca frente al tapete, encuentren la manera de recuperarse a sí mismos y a sus pérdidas, en una nueva tentativa.

Los usureros y prestamistas que infectaban lugares como Monte Carlo, Niza y otros centros similares de Europa, contribuían, en verdad, a reconfortar el corazón de numerosos sujetos en bancarrota, ansiosos de enconrar una "revancha".

Tuve ocasión de conocer a uno de los más poderosos usureros de Monte Carlo, con quien solía beber una "menthe", y fumar un cigarrillo, en el Café de París, frente al Casino. El viejo "Isaac" poseía un buen repertorio de anécdotas que lo entretenía a uno durante horas, acerca de los sujetos de avería que visitaron su negocio, durante más de 20 años en que él dirigió las operaciones de préstamos en el Balneario.

-¿Cuál fue el cliente más raro que Ud. recibió en su carrera? -le pregunté una tarde.

-Es una respuesta difícil -respondió Isaac- Nunca supe su nombre verdadero... pues he tenido cientos de solicitantes excéntricos en mi casa... Sin embargo, un día, hace ya muchos años, vino a verme una mujer y colocando frente a mí un bebé de pocos meses, me preguntó qué podía prestarle sobre él! Pensé al momento que no estaba en sus cabales, mientras le respondía que no aceptaba garantías de tal dote...

-Pero señor -replicó- estoy sin recursos, y tengo que regresar a Inglaterra, ¿no quiere Ud. facilitarme para colocar a mi niño en seguridad?

Divertido de situación tan paradógica, consulté a mi mujer quien pareció dispuesta a encargarse de la criatura.

En esa confianza adelanté a la mujer diez mil francos para volver a su país, y obtener los recursos necesarios, según ella contaba. Así transcurrió una semana, luego una quincena, y finalmente un mes, sin recibir la menor noticia de la viajera. Comencé a tener mis aprehensiones, y consulté a la policía el asunto. Un oficial vino a mi casa, y después de examinar al niño, se fue con aire misterioso. Al día siguiente volvió con una mujer que comenzó a asegurar que el bebé era suyo, y que había sido secuestrado. Me sentía yo muy dispuesto a traspasárselo, pese a la pena que daba perder para siempre mis diez mil francos. La otra había, por supuesto, robado al chico, e inventó luego la historia para sacarme el dinero. Era ¿para qué negarlo? un ardid muy hábil, y desde entonces me compadezco de las madres, menos que de persona alguna".

Isaac proseguía con sus recuerdos, mientras bebía una copa, y así, me refirió unas cuantas cosas curiosas acerca de los objetos que a veces le ofrecía la gente en garantía por los préstamos que solicitaba.

-Hubo una mujer -murmuró- que entró a mi oficina con aire enigmático solicitando una entrevista confidencial. Al abrir su bolso, extrajo una toalla que contenía un pequeño montón de hermosos rubíes color sangre.

-¿Qué me da por ésto? -inquirió.

Las observé detenidamente. Eran unas piedras bellísimas, y debían valer bastante más de cien mil francos cada una. En realidad, no había visto yo rubíes mejores en mi vida.

Observé con disimulo a la mujer, reparé en su extrema nerviosidad, y entonces una sospecha me invadió acerca de la honestidad de su conducta.

-Son joyas muy valiosas -dije- pero no puedo darle hoy una respuesta; si las deja en mi poder hasta mañana, podré valorarlas, y pagarle un precio equitativo.

La mujer dudó unos instantes, y luego accedió al pedido hasta la mañana siguiente. Apenas salió tomé el teléfono, y pedí a la "Surete" que viniera a examinar las gemas. El detective que enviaron, después de examinarlas cuidadosamente, declaró también que eran las piedras más maravillosas que jamás viera, pero no recordaba que pudiesen haber sido robadas. Con todo, la duda no se apartaba de mi mente. Volví a examinar los rubíes, esta vez con un detenimiento mayor; con estupefacción descubrí que eran falsos, pese a cuanto los observara la vez anterior. Llamé a un experto, quien me confirmó que se trataba de una imitación habilísima. El misterio parecía aumentar, pues yo estaba plenamente convencido de que los rubíes que ví extraer de su cartera a la mujer eran legítimos. Volví a lllamar a la "Surete", la que me envió a un oficial. Permaneció éste silencioso unos instantes, después de mi relato, y luego dijo:

-Estaré mañana aquí con un ayudante, cuando regrese esa mujer, y entonces veremos...

A la mañana siguiente, a las once y media, llegó la dama en compañía de un hombre, y me inquirió acerca de mi decisión con respecto a las piedras.

-Puedo ofrecerle cinco mil francos -dije, conciente de lo ridículo de la suma.
-Usted bromea, Sr. -respondió ella, y ante mi insistencia, pidióme la devolución de las joyas. Las saqué de la caja de seguridad y se las entregué. Comenzó a contarlas mientras las ponía en el bolso; de golpe, su compañero cogió una y la examinó con detención.
-Hay algún error aquí -dijo- esta piedra es falsa - y comenzó a revisar las otras...
-Estos no son los rubíes que Madame les entregó ayer, caballero, exclamó finalmente.
-Puedo asegurarle que sí -repliqué. Reparé entonces que el detective en la habitación de al lado, se dirigía al teléfono.
-Ud. ha substituído una imitación por las piedras legítimas -murmuró el hombre con insolencia- y si no las devuelve, tendré que dar aviso a la Polica.


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