El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.41
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Acaba de decirme la niñera, con quien he tropezado en la escalera,
que Marya Filippovna ha salido sola, en el tren de esta noche, para Karlsbad con el fin de
visitar a una prima suya. ¿Qué significa esto? La niñera dice que venía preparando el
viaje desde hacía tiempo, pero ¿cómo es que nadie lo sabía? Aunque bien pudiera ser que
yo fuese el único en no saberlo. La niñera me ha dicho, además, que anteayer Marya
Filippovna tuvo una disputa con el general. Lo comprendo. El tema, sin duda, fue
mademoiselle Blanche. Sí, algo decisivo va a ocurrir aquí.)
Capítulo 7
Al día siguiente llamé al hotelero y le dije que preparase mi cuenta por separado. Mi
habitación no era lo bastante cara para alarmarme y obligarme a abandonar el hotel.
Contaba con diecisiete federicos de oro, y allí... allí estaba quizá la riqueza. Lo curioso
era que todavía no había ganado, pero sentía, pensaba y obraba como hombre rico y no
podía imaginarme de otro modo.
A pesar de lo temprano de la hora, me disponía a ir a ver a mister Astley en el Hotel
d´Angleterre, cercano al nuestro, cuando inopinadamente se presentó Des Grieux. Esto no
había sucedido nunca antes; más aún, mis relaciones con este caballero habían sido
últimamente harto raras y tirantes. Él no se recataba para mostrarme su desdén, mejor
dicho, se esforzaba por mostrármelo; y yo, por mi parte, tenía mis razones para no
manifestarle aprecio. En una palabra, le detestaba. Su llegada me llenó de asombró. Me
percaté en el acto de que sucedía algo especial.
Entró muy amablemente y me dijo algo lisonjero acerca de mi habitación. Al verme con
el sombrero en la mano, me preguntó si salía de paseo a una hora tan temprana. Al oír
que iba a visitar a mister Astley para hablar de negocios, pensó un instante, caviló, y su
rostro reflejó la más aguda preocupación.
Des Grieux era como todos los franceses, a saber, festivo y amable cuando serlo es
necesario y provechoso, y fastidioso hasta más no poder cuando ser festivo y amable deja
de ser necesario. Raras veces es el francés naturalmente amable; lo es siempre, como si
dijéramos, por exigencia, por cálculo. Si, pongamos por caso, juzga indispensable ser
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