Cita con la muerte (Agatha Christie) - pág.19
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- El pasado otoño. Di unas conferencias en Harvard.
- Desde luego. Es usted uno de los nombres más distinguidos de la profesión médica.
El primero de su país.
- Protesto, caballero. ¡Es usted demasiado amable!
- En absoluto. Es un enorme privilegio para mí el conocerle. Por cierto que en estos
momentos se encuentran en Jerusalén varios personajes distinguidos. Usted, lord
Weildon, sir Gabriel Steinmaum, el financiero. También el veterano arqueólogo inglés,
sir Manders Stone. Y lady Westholme, una mujer de gran relieve en la política inglesa.
¡Y el famoso detective belga Hércules Poirot!
- ¿El pequeño Hércules Poirot? ¿Está aquí?
- Leí en el periódico local que había llegado hacía poco. Parece como si el mundo
entero se hubiese congregado en el Hotel Salomón. Un hotel excelente, y muy bien
decorado.
Era indudable que Jefferson Cope estaba disfrutando. El doctor Gerard era un
hombre que sabía ser simpático cuando le interesaba. Al cabo de un rato, se dirigieron
juntos al bar.
Después de un par de whiskies con soda, Gerard preguntó:
- Dígame, ¿esa gente con la que estaba usted hablando es un ejemplo de la típica
familia americana?
Jefferson Cope sorbía pensativo su bebida.
- Bueno, yo diría que no exactamente - dijo.
- ¿No? Sin embargo, me pareció una familia muy unida.
- ¿Quiere usted decir que todos parecen girar alrededor de la vieja? - murmuró Cope
lentamente. - Es verdad. Es una anciana muy notable, ¿sabe?
- ¿De veras?
El señor Cope no necesitaba que le empujasen demasiado. La leve invitación fue
suficiente.
- Doctor Gerard, no tengo inconveniente en decirle que he pensado bastante en esa
familia últimamente. En realidad he pensado mucho en ellos. Creo que sería un
descanso para mi cerebro hablar con usted de este asunto, si no le aburro.
El doctor Gerard aseguró que no le aburría en absoluto. El señor Jefferson Cope
prosiguió lentamente. Su pulcro y afeitado rostro reflejaba perplejidad.
- Le aseguro que estoy un poco preocupado. La señora Boynton, ¿sabe?, es una vieja
amiga mía. No me refiero a la anciana señora Boynton, sino a la joven, a la señora de
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