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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.41

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El cotonudo, con mucha cachaza, se aguantó todo aquello. Comenzó a arriar la bestia que llevaba a su mujer encima y a abrirse paso como podía entre la gente que los seguía burlándose y poniéndolos como un chuica.
Tomaron el camino del puerto con aquel molote de gente que no los desamparaba y que no se cansaba de gritar: -¡La princesa, se ha vuelto loca! ¡Achará la princesa que se fue a casar con ese cotonudo! ¡Siempre el peor chancho se lleva la mejor mazorca!
El cotonudo se hacía el tonto y como si no fuera con él, trun, trun, arriando el borrico.
Pero, cuál fue la admiración de todos al verlo entrar en el muelle, detenerse frente a aquel hermoso barco, el más grande y hermoso que hasta entonces no llegara a este país y tocar en un pito a cuyo sonido salió toda la tripulación apresuradamente. Bajó el capitán con el sombrero en la mano y saludó al cotonudo de un modo que casi se le quebraba el espinazo. El cotonudo le dijo unas palabras al oído, subió el otro de estampía al barco y formó la tripulación en dos filas; todos los cañones comenzaron a disparar y la banda del barco a tocar la pieza más alegre que sabía. Entonces el cotonudo bajó del burro a su esposa, y sacó de entre su cotón un gran bolsillo lleno de monedas de oro y lo entregó al pobre carbonero que lo había seguido pie a pie, con la cara más triste que un viernes santo. Luego le dió unas palmaditas al burro y lo devolvió a su dueño.
Entretanto, la gente estaba como en misa y todos no hacían más que abrir los ojos lo más que podían.
La princesa estaba también sin saber qué pensar. Su marido la cogió de una mano y subió al barco entre las dos filas de marineros, que tenían la cabeza inclinada como si fuera pasando Nuestro Amo. Cuando estuvieron arriba, todos tiraron sus gorras por los aires y gritaron: -¡Que vivan el Cotonudo y su esposa!
El cotonudo llevó a su mujer a un salón tan lujoso, que la princesa, con ser princesa, nunca ni se lo había imaginado. Allí estaba la caja de oro que los reyes, padres de su amigo, le habían dado para que la abriera el día de sus bodas. La abrieron y dentro de ella había dos vestidos como para un rey y una reina, pero tan maravillosos, que la princesa abrió su boquita de par en par y no dijo ni tus ni mus.


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