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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.36

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Y todo lo curiosee
Y nada saqué.


ues señor, había una vez una viejita que tenía un hijo galanote e inteligente y además bueno y sumiso con ella, que parecía una hija mujer. La viejita era muy pobre y siempre tenía que andar corre que te alcanzo con el real; lo único que tenía era una casita en las afueras de la ciudad y sus fuerzas, con las que lavaba y aplanchaba, para ayudar a su hijo a quien se le había metido entre ceja y ceja estudiar para médico. Eso sí, que el pobre tenía que pesentarse en la escuela sabe Dios cómo: el vestido hecho un puro remiendo, nada de cuello ni corbata y con la patica en el suelo.
Para ir a la escuela el joven pasaba todos los días frente al palacio del rey, y dió la casualidad que a esa hora se asomaba la hija del rey al balcón. A la princesa le llamó la atención aquel joven tan galán vestido pobremente, pero tan limpio que parecía un ajito, con los pies descalzos tan lavados y blancos, que daba lástima mirarlos caminar entre los barriales. ¿Adónde iría con sus alforjitas al hombro y sus libros bajo el brazo?
Por fin un día no se aguantó y mandó a una de sus criadas a que lo llamara, y cuando lo oyó hablar con tanta sencillez y facilidad, se enamoró perdidamente del joven. Y desde entonces lo esperaba en el jardín para conversar con él.
El joven también se había enamorado de la princesa quien era un primor de bonita: con una cabeza que era como ver el sol de rubia y en la que cada hebra era crespa como un quelite de chayote. Además era buena y noble, que no tenía compañera, y ella tan lo mismo trataba al pobre que al rico. Pero el joven se había guardado con candado su enamoramiento, porque ¿en qué cabeza podría caber que una princesa se casara con un chonete como él, que no se calzaba porque no tenía con qué comprar zapatos?
Pero así es el mundo, y la princesa al ver que el muchacho no tenía trazas de decirle: "Tenés los ojos así y la boca asá", dejó a un lado la pena y un día, sin más ni más, le declaró que estaba enamorada de él. Al principio el joven creyó que era por burlarse, pero al fin acabó por convencerse de que le estaba hablando de deveras.


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