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Confesiones de un Croupier - Capítulo 06: Quebrando la Banca

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Este libro sobre el juego y el azar sería incompleto si no mencionara yo a los varios e ingeniosos sistemas que aparecen de cuando en cuando con la finalidad de hacer quebrar a la banca, y levantar una fortuna, del paño verde. Puedo afirmar rotunda y definitivamente que no se ha concebido aún el sistema que pueda vencer al banquero en lo que va del siglo. Hasta donde mi experiencia alcanza, sólo una persona logró desbancar al Casino de Monte Carlo por medios legítimos; y esa persona se llamaba Jaggers.

Este Jaggers vino del norte de Inglaerra con el inquebrantable propósito de batir a la banca del principado. Ingeniero de profesión y matemático por naturaleza, Jaggers sostenía que las ruedas de las ruletas de Monte Carlo no estaban perfectamente balanceadas, y fallaban en dirección de ciertos números. Dentro de la predisposición mecánico-lógica de su mente argüía que los fabricantes eran impotentes para garantizar la absoluta perfección de las ruletas que construían, y que, en consecuencia, existían ciertas probabilidades de que el mecanismo traicionara al banquero en favor de los apostantes.

Con unos pocos miles de libras, Jaggers fue por lo tanto a demostrar su aserto, de que era capaz de derrotar a la banca en su propio juego.

Tomando a su servicio a varias personas, comenzó a observar las alternativas del azar, y a hacer las listas de números afortunados. Concurría todas las noches a observar cuidadosamente, y después de un cierto tiempo consiguió averiguar que ciertos números salían con, más frecuencia en cada mesa. Después de hacer una lista de ellos, y basado en tales datos, comenzó a jugar. En unos pocos días logró extraer a la banca más de 120.000 libras esterlinas.

De alguna manera pudo la Administración del Casino averiguar la clave del método que se relacionaba con deficiencias mecánicas en la construcción de las ruletas. Esa misma noche cambió a cada una de éstas de mesa. Ignorante del asunto, volvió Jaggers al día siguiente, y para su asombro, su sistema comenzó a fallar. La Banca logró recuperar 50 de las 120 mil libras perdidas anteriormente. Algo funcionaba mal por cierto. Jaggers resolvió descifrar el misterio, y por ende, después de una observación cuidadosa, comprendió que el Casino había tomado sus medidas de prevención. Una vez más, empero, ese hábil demonio, pudo vencer. Después de meticulosas observaciones en cada ruleta, parece que logró descubrir ciertos marcos imperceptibles sobre cada una, pero que bastaba para identificarlos. Eran éstos, en algunos casos, apenas un leve rasguño.

Por segunda vez ganó Jaggers, recuperando las 50 mil libras que perdiera. La banca parecía destinada al ocaso de su invulnerabilidad, y envió febrilmente un mensajero a París para consultar a los fabricantes de las ruletas. El directorio de la firma diseñó entonces otras tan perfeccionadas que tendrían por fuerza que hacer fracasar el plan de Jaggers.

Construyeron las pequeñas cavidades de cada rueda, sobre la que debía asentarse la bolilla, en forma tal que cada noche pudieran cambiarse las ruedas de una mesa a otra, sin la más mínima desnivelación en el equilibrio de las mismas. Esto derrotaría a Jaggers, pero el pequeño demonio, cuando se dió cuenta de ello, abandonó el Casino, rumbo a su ciudad natal, al norte de Inglaterra, pero llevando, eso sí, las 80 mil libras que ganara al Casino.

Jamás transcurre una temporada, en Monte Carlo, como en cualquier Casino del mundo, sin que los jugadores se devanen los sesos en el anhelo de conseguir abatir la banca y alzarse con una fortuna. Muchos crean sistemas, y sólo llegan a arruinarse por la ingenuidad de sus propios cerebros.

Muchos de ellos obtienen ganancias, y dicen a sus amigos que alcanzaron por fin la meta, en apariencia inasequible, de la inmunidad frente al banquero. Lo que sucede, por supuesto, es sólo un capricho del azar, que se les rinde al principio; no conozco a nadie que a través de un sistema no haya terminado maldiciendo a su inventor, si es que no descubre por propia experiencia la falibilidad del mismo, al ensayarlo por segunda vez. Mucha gente, obvio es negarlo, ha estado muy cerca de alcanzar el sistema infalible. Han dado, incluso, verdaderos dolores de cabeza a los Casinos, y le han extraído sumas considerables, pero casi siempre han tomado la precaución adicional de comenzar con dinero de otros, los que con frecuencia, en el imperativo de recomenzar sus vidas.

El mejor de tales sistemas era el muy simple de basar las apuestas dentro de los diez números contiguos al cero, o de su color, partiendo del razonamiento de que de nueve casos por cada diez, el péndulo no se balancearía más allá que diez puntos de su camino. En esto estuvieron acertados, pero después de varios éxitos sensacionales en diversos Casinos, el asunto fue cuidadosamente estudiado por hábiles técnicos llamados por la Administración, descubriéndose que el motivo de la retardada variación del péndulo se debía a una falla mecánica en la fabricación de las ruedas. Después de esto, los "inventores" hubieron de "retirarse", tomando el término en un sentido muy amplio.

El rey Eduardo VII, quien estuvo profundamente interesado en la ruleta, llevó a cabo un estudio muy detenido de su rueda, cuando visitó Monte Carlo. Después de un cierto tiempo se esparció el discreto rumor de que el rey había descubierto un sistema.

Una oleada de excitación conmovió a la Rivera, aguardando ansiosamente los resultados. Se decía que el soberano había decidido que el color rojo poseía una atracción magnética, y que de cada diez golpes, siete u ocho caían invariablemente sobre el rojo. Por medio de minuciosos razonamientos y dobles jugadas, argüía el soberano que después de doce golpes tenía que haber un saldo decisivamente favorable al apostador, y que dependía, claro está, del monto de las apuestas. Mucha gente trató de perfeccionar la ingeniosa idea del rey
"Teddy", como lo denominaban sus íntimos, pero ninguna de las numerosas variantes pudo lograr otra cosa que la burla más o menos ocurrente, de sus amigos.

En una de las últimas visitas que hiciera el Kaiser a la Rivera, antes de la otra guerra, lo acompañaba un cierto profesor germano, de nombre Schott, proveniente de la Universidad de Heidelberg, quien había ideado, según él manifestaba, como los otros, el verdadero sistema infalible. Enterado el Emperador, hizo que lo acompañara a Niza, y discutió el negocio detenidamente con él. Deseando ser el primero en emplear el método, el Kaiser adquirió su clave del adusto profesor por una suma de dinero muy considerable.


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