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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.47

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("No tiemblo a los caballos", dice siempre en lugar de: "No amo a los caballos"5. Y se siente feliz cada vez que vuelve con él a casa, sin llamar la atención y sin que él hable fuerte (con esta expresión de un delicado disimulo llama ella los salvajes rugidos del demente). En casa es más fácil tenerlo ocupado. Si lo sienta delante del piano, el ser ausente de sí mismo fantasea largas horas en el vacío, y ella lo deja hacer, excepto cuando toca música de Wagner, porque sabe que Amfortas le excita siempre los nervios. O le da algo para leer; naturalmente, Nietzsche hace mucho ya que no sabe lo que lee, pero se calma teniendo en sus manos un diario o un libro y murmurando tontamente como si leyera. Si se le entrega un lápiz, se despierta en él el oscuro recuerdo de que un día fue escritor, y garabatea constantemente palabras ilegibles en el papel: inconscientemente, algo queda despierto todavía en él de aquél que fue poeta inmortal, músico profundo; pero ese algo no es de modo fantasmagórico más que lo mecánico de las funciones. Cuando habla, es casi siempre farfullando y "feliz por hablar", como escribe la madre; sólo de vez en cuando relampaguean, como en Hölderlin
5 En alemán "tiemblo" y "amo" tienen un leve parecido fonético, que explica en cierta manera la confusión de las dos palabras en el de-mente. (N. del T.).
enfermo, tremendas palabras a través de las nubes de la locura, como cuando dice: "Estoy muerto porque soy tonto" o, sacudiendo salvajemente la melena: "Sumariamente muerto".
Todo esto comunica la madre al amigo en forma estremecedora. Es sincera en su sencilla narración, pero se siente que la tan sufrida mujer callase lo más amargo; que trata de imaginar ilusionada, para sí misma y para los amigos, que el verdadero estado de Nietzsche es más claro y curable; se siente que pasa de prisa por encima de sus estallidos de furia (cuando grita y "¡con qué voz!"), para contar del "buen hijo" cuyas "queridas facciones" tienen un aspecto "sumamente divertido, del todo pícaro". Y sólo en sus ahogados suspiros se adivina la enorme carga que la madre se ha impuesto, para cuidar sola a un enfermo con quien no se puede contar, para vigilarlo, lavarlo, darle de comer, vestirlo, todo ella sola sin ayuda alguna, entreteniéndole las doce horas largas, y luego, en lugar de descansar mientras él duerme, cuidar de la casa.


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