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Confesiones de un Croupier - Capítulo 18: Picaros y Criminales

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En los capítulos anteriores me he detenido casi exclusivamente en los personajes notables y de gran fama mundial, pero ahora quiero relatarles algunos episodios relacionados con gente que si logró celebridad fue a través de sus crímenes, o de alguna otra acción que reunió en alguna suerte de notoriedad poco recomendable. Los hubo de todas clases en los Casinos de Europa, y aunque se tomaron todas las precauciones imaginables para excluirlos, no siempre era fácil distinguir los carneros de las ovejas, y por ende, de los lobos, que se ingeniaban bastante para disimular su presencia.

Voy a referirles a continuación el caso de un hombrecillo de barba y calvicie que una vez se ubicó en mi mesa de Monte Carlo, y trató por todos los medios de hacerse una fortuna con el sistema muy complicado que practicaba. Dicho personaje se convirtió más tarde en la figura principal en el proceso de asesinato de mayor resonancia que ocurriera en Europa. Su nombre era... ¡Henry Desiré Landrú!

Poco sospechaba yo al observarle estudiar cuidadosamente sus pequeñas hojas de papel repletas de números y combinaciones, que tenía enfrente el hombre cuyas manos estaban ya manchadas con la sangre de sus numerosas víctimas femeninas, y sobre el que la sombra de la guillotina comenzaba a proyectarse. Su sistema, como la mayoría de los sistemas, era ineficaz, y lo hizo perder más dinero que si hubiera jugado al azar.

Era un hombrecillo interesante -pero hubo de chocarme entonces que su figura esmirriada y repulsiva, (que era lo que hacía fijar en él la curiosidad), pudiese atraer tanto la atención femenina. Apenas se sentó a la mesa una alemana millonaria, aunque algo "passé" comenzó a revolverse para que admirase sus encantos, y hubiera yo jurado que el sujeto terminaría por .optar a los rollizos brazos de la extranjera que a las contingencias de la ruleta, presintiendo además, una ganancia más pingüe. El destino amparó esa noche a la dama, pues Landrú siguió jugando; de lo contrario aquella mujer hubiese probablemente sido una víctima más del asesino, terminando quemada en su famosa, ¿más bien infamante chimenea?

Después de perder largo rato con su método, "Barbazul" Landrú se dirigió al bar, y ordenó media botella con su mét de champaña. No habían pasado cinco minutos cuando se le aproximó un viejecillo de aspecto tétrico para ofrecerle... ¡un sistema para ganar! Contemplar la cara de Landrú ante la oferta era espectáculo divertido... Poco rato después una preciosa "demi-madame" se ubicó a su lado a compartir el champaña. No volví a ver al hombre que pocas semanas más tarde sería apresado como uno de los más sanguinarios criminales del mundo, y deduje que Landrú halló en la muchacha suficientes encantos como para llevarla a su casa... Pero por suerte no fue así, y volví a verla después del arresto del criminal, y me enteré por sus labios de que no había ido a la "Villa Negra" en el bosque de Ramboullet, salvándose así de convertirse en combustible para el mortífero incinerador.

Una noche llegó a Monte Carlo vestido en el más "outre" de los trajes de etiqueta, un hombre que evidentemente era la primera vez que portaba vestimenta de tal usanza.

Traía los bolsillos repletos de billetes, y es sabido que los Casinos perdonan mucho a quienes adolecen de opulencia excesiva, sobre todo cuando la evidencian frente al tapete. Pronto se ubicó el hombre -que más parecía un apache- en una de las mesas, y comenzó a apilar billetes de mil francos encima. Era evidente qué se trataba de un tahur, pues nadie hubiese hecho semejante despliegue, de haberlo obtenido por vías legales. Por supuesto perdió, lo que no parecía afligirlo, sino más bien darle gusto, quizás por la ocasión que se le brindaba de ostentar unas reservas en apariencia inagotables.

Una verdadera bandada de cortesanas y tronados terminó por rodearlo, y el juego prosiguió hasta que una lindísima muchacha, contigua a su asiento, se vió obligada a levantarse, pues había perdido cuanto tenía. El apache la tomó del brazo, obligándola a sentarse, a tiempo que depositaba un grueso fajo de billetes sobre su falda. Rehusó ella al principio, pero ante la insistencia del hombre, hizo una apuesta. Ganó, apostó de nuevo, y volvió a ganar.

Una hora después la chica tenía tres veces la cantidad que el apache le prestara, y por supuesto, trató de devolverla.
-No, no, "cherie" -dijo éste-. Esta noche dividiremos todo juntos.

El tono de su voz hacía obvia la intención. La mujer intentó escapar, pero él brutalmente la obligó a permanecer quieta. Un inglés alto y joven se aproximó entonces.
-Dejará Ud. en libertad a esta señora -murmuró.

Por toda respuesta el hombre extrajo una navaja, y amagó un tajo al sajón, quien hizo un quite, y con un certero golpe a la quijada envió por el suelo a su agresor. Se levantó éste de un salto, dispuesto a repetir el ataque, fulgurante al cuchillo que empuñaba su diestra. Las mujeres dieron un alarido cuando el apache cayó sobre el inglés y lo derribó; estaba ya a punto de clavarle el puñal en el corazón cuando tres gendarmes lo contuvieron, y después de esposarlo, lo sacaron a rastras del salón.

Al día siguiente se establecía la identidad del agresor como un peligrosísimo criminal, que acababa de asesinar a un joyero en París, despojándolo de más de un millón de francos, para venir luego a dejarlos en Monte Carlo. Se lo sentenció a muerte en Seine Assizes, pena que luego obscuramente se conmutó por la cadena perpetua a la Guinea Francesa.

Quizá uno de los más inescrutables jugadores que haya yo visto jamás fue Bolo Pasha, el hombre que vendió a su país -Francia -por el oro alemán, durante la primera guerra mundial, y que finalmente fue ejecutado en Vincennes, con acto de alta traición. Llegó a Monte Carlo en pleno conflicto, cuando el Principado era un secreto hervidero de intrigas y espionaje. Derrochaba el dinero -dinero germano- y viajaba con la pompa de un monarca; lo acompañaban tres secretarios, un valet, chóferes, y en uno de los mejores departamentos del Hotel de París se albergaba su harém particular.


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