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El Anillo de Thoth (Arthur Conan Doyle) - pág.2

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Tomada esta determinación, se puso encima el abrigo, pues era un día frío y lluvioso, y emprendió el camino a través del bulevar de los Italianos y bajó por la avenida de la Opera. Ya dentro del Louvre se hallaba en terreno familiar y se dirigió rápidamente a la colección de papiros que tenía intención de consultar.
Ni los más entusiastas de los admiradores de John Vansittart Smith podrían asegurar que era un hombre atractivo. Su larga nariz aguileña y la barbilla prominente tenían el mismo carácter agudo e incisivo que distinguía su intelecto. Mantenía erguida la cabeza a la manera de un pájaro, y parecían también picotazos de pájaro los movimientos con que lanzaba sus razonamientos y réplicas en el transcurso de la conversación. Mientras permanecía allí, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, podría haber observado en el reflejo de la vitrina de cristal que tenía ante él que su aspecto resultaba bastante singular. Pero sólo cayó en la cuenta de esta circunstancia, recibida como una súbita sacudida, cuando alguien que hablaba en inglés exclamó a sus espaldas en un tono perfectamente audible:
-¡Qué aspecto tan raro tiene ese individuo!
El investigador contaba con una considerable proporción de frívola vanidad en su personalidad, que se manifestaba en una despreocupación ostentosa y exagerada por toda suerte de consideraciones personales. Se mordió los labios y se concentró en el rollo de papiro, mientras su corazón rebosaba rabia contra toda la raza de viajeros británicos.
-Sí -dijo otra voz-, realmente es un tipo extraordinario.
-¿Sabes? -dijo el que había hablado primero-, uno podría creer que el tipo ese se ha quedado medio momificado a fuerza de contemplar tantas momias.
-Desde luego, tiene las facciones de un egipcio -dijo el otro.
John Vansittart giró sobre sus talones, decidido a humillar a sus compatriotas con una o dos observaciones corrosivas. Para su sorpresa y alivio, los dos jóvenes que habían estado conversando estaban de espaldas y contemplaban a uno de los vigilantes del Louvre, ocupado en sacar brillo a los bronces del otro lado de la sala.
-Carter nos está esperando en el Palais Royal -dijo uno de los turistas, consultando su reloj. Después se marcharon con ruidosas pisadas, y el estudioso quedó a solas con sus estudios.
«Me gustaría saber a qué llaman esos charlatanes "facciones de egipcio", pensó John Vansittart Smith, y cambió ligeramente de posición para echar un vistazo a la cara del hombre en cuestión.


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