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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.32

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No debéis tener, para vivir, demasiado dinero que hayáis traído con vos.
D´Artagnan se irguió con un ademán orgulloso que quería decir que él no pedía limosna a nadie.
-Está bien, joven, está bien -continuó Tréville-ya conozco esos ademanes; yo vine a Paris con cuatro escudos en mi bolsillo, y me hubiera batido con cualquiera que me hubiera dicho que no me hallaba en situación de comprar el Louvre.
D´Artagnan se irguió más y más; gracias a la venta de su caballo, comenzaba su carrera con cuatro escudos más de los que el señor de Tréville había comenzado la suya.
-Debéis, pues, decía yo, tener necesidad de conservar lo que tenéis, por fuerte que sea esa suma; pero debéis necesitar también perfeccionaros en los ejercicios que convienen a un gentilhombre. Escribiré hoy mismo una carta al director de la Academia Real y desde mañana os recibirá sin retribución alguna. No rechacéis este pequeño favor. Nuestros gentileshombres de mejor cuna y más ricos lo solicitan a veces sin poder obtenerlo. Aprenderéis el manejo del caballo, esgrima y danza; haréis buenos conocimientos, y de vez en cuando volveréis a verme para decirme cómo os encontráis y si puedo hacer algo por vos.
Por desconocedor que fuera D´Artagnan de las formas de la corte, se dio cuenta de la frialdad de aquel recibimiento.
-¡Desgraciadamente, señor -dijo- veo la falta que hoy me hace la carta de recomendación que mi padre me había entregado para vos!
-En efecto -respondió el señor de Tréville-, me sorprende que hayáis emprendido tan largo viaje sin ese viático obligado, único recur so de nosotros los bearneses.
-La tenía, señor, y, a Dios gracias, en buena forma -exclamó D´Artagnan-; pero me fue robada pérfidamente.
Y contó toda la escena de Meung, describió al gentilhombre desconocido en sus menores detalles, todo ello con un calor y una verdad que encantaron al señor de Tréville.
-Sí que es extraño -dijo este último pensando-. ¿Habíais hablado de mí en voz alta?
-Sí, señor, sin duda cometí esa imprudencia; qué queréis, un nombre como el vuestro debía servirme de escudo en el camino. ¡Juzgad si me puse a cubierto a menudo!
La adulación estaba muy de moda entonces, y el señor de Tréville amaba el incienso como un rey o como un cardenal. No pudo impedirse por tanto sonreír con satisfacción visible, pero aquella sonrisa se borró muy pronto, volviendo por sí mismo a la aventura de Meung.


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