El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.29
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El cerebro positrónico tenía probablemente dificultades para mantener
abierta la precaria comunicación.
- BUENOS DÍAS, DOCTORA CALVIN. ESTOY ENCANTADO DE PODER HABLAR CON USTED. - fue
la respuesta del robot.
- ¿Cómo te sientes? - insistió ella.
- NO DEMASIADO BIEN. NO VEO, NO OIGO, NO SIENTO, NO PUEDO GOBERNAR MI CUERPO, ME
NOTO MUY EXTRAÑO.
Al contrario que un niño recién nacido, cuya mente era una pizarra en blanco,
los cerebros positrónicos de los robots llevaban grabada toda la información
necesaria para que pudieran desenvolverse sin problemas de ningún tipo ya desde
el mismo momento de su activación. Y aunque los robots eran perfectamente
capaces de aprender, y de hecho aprendían, el importante bagaje con el que
iniciaban su existencia les permitía evitar las penosas etapas de adiestramiento
que colapsaban los primeros años de vida de cualquier ser humano. Por esta razón
no era de extrañar la perplejidad de un robot que se sentía incapaz de encuadrar
sus conocimientos en un mundo exterior del que se encontraba totalmente aislado
a excepción de la frágil conexión con la consola que manejaba Susan Calvin.
- Lo siento, Hamlet, pero existen ciertos problemas en tus circuitos periféricos
que impiden mejorar tu interacción con el mundo exterior.
Nueva pausa, esta vez más prolongada.
- COMPRENDO. SOY LO QUE LOS HUMANOS LLAMARÍAN UN INVÁLIDO.
Susan Calvin se mordió los labios. Quizá no hubiera sido una buena idea activar
este cerebro dañado; no podía evitar el pensar que quizá el robot sufriera al
ver su discapacidad, y esto le parecía cruel. Pero ésta era su única oportunidad
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