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Confesiones de un Croupier - Capítulo 02: Secretos de Monte Carlo (2)

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La naturaleza ha sido siempre algo quijotesca, y uno de sus mayores caprichos es este pequeño principado lleno de sol, escondido tras los Alpes Marítimos, y mecido por las azuladas aguas del Mediterráneo... Mónaco, que encierra dentro de sí al más importante de sus ídolos, ¡Monte Carlo!

De esta ciudad mágica se ha glorificado y escrito tanto, que uno llega a preguntarse a veces si merecerá otro calificativo que no sea el de "campo de juego del demonio".

Cualquiera que haya vivido allí durante cierto tiempo, como yo lo hice, no puede sino sentirse perplejo por la incongruencia de cuanto lo rodea. La belleza de su clima, sus jardines, panoramas, y también, ciertamente, el seductor exterior de uno de los sitios más saturados de vicio y delincuencia que se abre a la faz de esta tierra pecadora... Aquí, en este minúsculo principado de la Riviera, puede apreciarse cuanto de más bello nos ofrece la existencia: las más exóticas flores y mujeres, los hombres más encantadores, y todo el sin fin de cosas que tornan la vida fácil, confortable, llena de opulencia y sensualismo.

La armazón íntegra de Monte Carlo, es una potente llamada a los sentidos -del color, olfato, tacto y emociones. Pueden hallarse aquí algunas de las "demimondaines" más bellas del universo, que nos brindan su presencia durante la época de "season"; es todo lo que brindan, por otra parte, porque más allá de sus atractivos físicos, estas mujeres encierran la más corrompida y mercenaria de las almas.

El verdadero soberano de Monte Carlo no es el insignificante y pequeño Príncipe de Mónaco, sino el dios Dinero. Todo se cotiza aquí, y la población íntegra está a los pies de quien acompañe sus deseos con alguna porción de efectivo. Pero estoy divagando. La impresión que intentaba comunicar al lector, era la de que si algún rasgo distintivo tiene Monte Carlo, él es, hablando con franqueza, su hermoso, sensual, lujoso, tortuoso y degenerado efectismo, cuidadosamente planeado para atrapar al incauto. Todo converge para que hombres y mujeres con dinero ensayen un sacrificio a la Diosa Probabilidad en los salones del Casino. Por ejemplo: el edificio de éste contiene un enorme teatro y salón de baile... ¡gratis! y mantenido por la «munificencia» de sus propietarios. El champaña de la mejor cosecha puede adqurirse allí más barato que en cualquier otra parte... aunque debe, por supuesto, beberse allí mismo. Puede uno ordenar una espléndida cena, maravillosamente servida, a un cuarto de su costo en los hoteles.

¿Por qué? Eso atrae gente al Casino, y una, vez allí resulta difícil resistir a, cuando menos, asistir al espectáculo del juego. Nueve veces de cada diez, quien sólo va a recrearse, no puede sofocar la tentación de jugar, y es entonces cuando pocos saben el momento exacto de abandonar...

Claro está que la Empresa vigila muy de cerca a los jugadores, y los excesos se contemplan con malos ojos. Existe un estricto código de etiqueta, impuesto por el Casino, aún en lo tocante a la vestimenta. Por ejemplo, intentar penetrar a los salones, desde las terrazas exteriores, en traje de "sport", le asegura a quién lo intente una cortés, pero indeclinable barrera frente a las puertas. Un humorista, bautizó esta escena tantas veces repetida, el "no estar a la nota para el juego". Con respecto a las toilettes femeninas existe siempre un severo control para evitar las demasiado atrevidas o llamativas.

Recuerdo aquella oportunidad en que a una de las actrices más famosas de París le fue interceptado el paso a causa de su vestido demasiado corto y descotado; se le rogó cumplidamente que regresara a su hotel, y volviera con un traje más de circunstancias. Durante la temporada no existe preocupación entre los jugadores que no se relacione con el Casino. Mientras están en el Café de París sorbiendo su "bock", sus miradas se escapan hacia el gran edificio de mármol, preguntándose quizá cuál es la clave de su secreto, o de a cuántas vidas truncadas sus muros blancos y fríos podrían referirse si gozaran de expresión.

Este edificio es en sí mismo una de las construcciones más curiosas. De sus setecientas cámaras y antecámaras, sólo un reducido porcentaje está abierto al público. Tiene la forma de una media luna con corredores intrincados, y fuera de los salones de juego hay una cantidad de estancias completamente desconocidas, y de hecho, sus entradas son invisibles. Tienen algunas de ellas un destino especial, sobre todo cuando alguien que ha perdido con exceso, extrae de pronto una pistola y hace fuego contra sí. Estos pequeños contratiempos causan un daño enorme al Casino, y resultan asombrosas las precauciones que éste toma para evitar tales incidentes.

Rememoro aquella noche en mi mesa, cuando una hermosa muchacha francesa, que acababa de perder alrededor de 10.000 francos, se levantó de su asiento, y sacando de su bolso un pequeño revólver se disparó un balazo en el corazón. No habían cesado todavía los ecos de la detonación cuando ya dos "Commissaires de Jeu" levantaban el sangrante cuerpo de la mujer, conduciéndolo fuera de la "salle" a una de esas antesalas misteriosas, mantenidas ex-profeso para tales emergencias. Todo el incidente, incluso el traslado, llevaría escasamente 15 segundos, y sólo la gente a su lado fue testigo de la tragedia. El tiro resonó en la sala entera, pero sólo contados presenciaron su trayectoria.

En otra ocasión un hombre ingirió veneno mientras permanecía sentado a una de las mesas de bacarat. Fue levantado de la silla y sacado al instante, muerto y para restaurar la tranquilidad, uno de los Comisarios, dijo en alta voz:

-"No se inquieten, señores; ha perdido el conocimiento solamente, abrumado por el exceso de ganancias", y agitaba al hablar un paquete de billetes de Banco en el aire. Honestamente, debo confesar que aquel hombre acababa de perder conmigo una suma superior a cien mil francos...

Hubo un tiempo en que el Casino acostumbraba pagar una especie de indemnización a la familia de los jugadores arruinados o desaparecidos, para verse libre de ellos. Fueron tan explotados, que hubo de decidirse a suspender tal práctica. Cuántas veces no habré escuchado la vieja historia de esos jugadores con astucia, quienes habiendo perdido, se dirigían al Jardín Botánico, disparaban allí un tiro al aire, y echándose sobre la tierra, después de impregnarse la cabeza con alguna sustancia rojiza, aguardaban a que los agentes del Casino rellenaran de dinero sus bolsillos, para prevenir de esa manera las sospechas de que fue el juego lo que lo llevara al suicidio. Por supuesto la "víctima" desaparecía por sus propios medios apenas se alejaban los "pagadores"... Esta es la historia; permítaseme decir ahora que ella es pura fábula, y se basa en un suceso ocurrido muchos años atrás, cuando el Casino puso realmente dinero en los bolsillos de un suicida. Pero desde entonces, pueden Uds. creerme, los encargados de hacerlo se aseguran bien antes, de que el "muerto" lo está en todo sentido. Una vez ocurrió que otro hombre también se envenenara una noche en la terraza. Los agentes del Casino, en permanente observación, pusieron dinero en sus bolsillos, después de auscultarle el corazón; eran gente lo bastante versada en medicina como para poder distinguir un desmayado de un muerto. Sin embargo, y como quiera que sea, el hombre volvió en sí, cuando los gendarmes lo conducían a la Morgue... Al comprobarse su reacción, el dinero que hallaran en sus bolsillos le fue reintegrado. ¡Dejo que Uds. mismos reconstruyan lo que aquel infeliz sintió! Pero este caso es un accidente, y que yo sepa no ha vuelto a repetirse desde entonces.

Aunque el Príncipe de Mónaco concurría asiduamente al Casino, rara vez jugaba, aunque se sabe que cualquier pérdida que pudiera sufrir, sería sólo dinero de la misma clase del que forma sus inmensas entradas... que provienen de su participación en la "Societé".
El Casino de Monte Carlo es administrado, como ya dije, por la "Societé des Bains de Mer", un título algo incongruente para la más poderosa organización de juego del mundo. En sus orígenes, sólo aspiró a edificar un espléndido lugar de veraneo, y sólo más tarde sus directores decidieron abandonar aquel proyecto, y construir lo que por años ha sido el mayor templo a la Diosa Fortuna, en los cinco continentes.


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