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Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.13

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-¡Pobres de nosotros, entonces! ¡Vamos a perecer de inanición!
No me atreví a confesarle que, dada la testarudez de mi tío, esa era, en efecto, la suerte
que a todos nos esperaba.
La crédula sirvienta, regresó a su cocina sollozando.
Cuando me quedé solo, ocurrióseme la idea de írselo a contar todo a Graüben; mas,
¿cómo salir de casa? ¿Y si mi tío volvía y me llamaba, con objeto de reanudar aquel
trabajo logogrífico capaz de volver loco al viejo Egipto? ¿Qué sucedería si yo no le
contestaba?
Parecióme lo más prudente quedarme. Precisamente, daba la casualidad de que un
mineralogista de Besanzón acababa de remitirnos una colección de geodas silíceas que
era preciso clasificar. Puse manos a la obra, y escogí, rotulé y coloqué en su vitrina todas
aquellas piedras huecas en cuyo interior se agitaban pequeños cristales.
Pero en lo que menos pensaba era en lo que estaba haciendo: el viejo documento no se
apartaba de mi mente. La cabeza me daba vueltas y sentíame sobrecogido por una vaga
inquietud. Presentía una inminente catástrofe.
Al cabo de una hora, las geodas estaban colocadas en su debido orden, y me dejé caer
sobre la butaca de terciopelo de Utrecht, con los brazos colgando y la cabeza apoyada en
el respaldo. Encendí mi larga pipa de espuma, que representaba una náyade
voluptuosamente recostada, y me entretuve después en observar cómo el humo iba
ennegreciendo mi ninfa de un modo paulatino. De vez en cuando escuchaba para
cerciorarme de si se oían pasos en la escalera, siempre con resultado negativo. ¿Dónde
estaría mi tío? Me lo imaginaba corriendo bájo los frondosos árboles de la calzada de
Altona, gesticulando, golpeando las tapias con su pesado bastón, pisoteando las hierbas,
decapitando los cardos a interrumpiendo el reposo de las solitarias cigueñas.
¿Volvería victorioso o derrotado? ¿Triunfaría del secreto o sería éste más poderoso que
él?
Y mientras me dirigía a mí mismo estas preguntas, cogí maquinalmente la hoja de papel
en la cual se hallaba escrita la incomprensible serie de letras trazadas por mi mano,
diciéndome varias veces:
-¿Qué signifïca esto?
Traté de agrupar las letras de manera que formasen palabras; pero en vano. Era inútil
reunirlas de dos, de tres, de cinco o de seis: de ninguna manera resultaban inteligibles.


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