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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.51

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Se deslizó, pues, a lo largo del acantilado con grandes precauciones, mirando a través de las tinieblas, deteniéndose y escuchando si se producía algún ruido sospechoso. Vázquez tenia que andar todavía tres millas para llegar al fondo de
la bahía. Era la dirección contraria de la que había seguido al huir del faro después del asesinato de sus camaradas.
A las nueve, próximamente, detúvose a unos doscientos pasos del faro y vio brillar algunas luces a través de las ventanas. Un movimiento de cólera, un gesto de amenaza se le escaparon al pensar que aquellos bandidos estaban ocupando las habitaciones de sus victimas.
Desde el sitio en que se encontraba Vázquez no podía ver la goleta, y avanzó cien pasos más, sin parar mientes en el peligro que corría al hacerlo. Toda la banda estaba encerrada en las habitaciones del faro.
Vázquez se aproximó más todavía, deslizándose hasta la playa de la pequeña caleta.
La última marea había levantado la goleta, que flotaba mantenida por el ancla.
¡Ah! Con qué placer hubiese desfondado aquel casco para verlo sumergirse en el mar.
De modo que las averías estaban reparadas. Sin embargo, aunque la goleta flotaba, Vázquez observó que lo hacía muy por debajo de su línea de agua. Esto indicaba que no se había metido a bordo todavía ni el lastre ni la carga, y era posible que la partida se retardase algunos días.
Pero esto era lo último que había que hacer, y una vez terminado, acaso en cuarenta y ocho horas, la Maule zarparía, doblando poco después el cabo San Juan, para desaparecer para siempre en el horizonte.
Vázquez no tenía ya más que una pequeña cantidad de víveres, así es que al día siguiente se dirigiría a la caverna a fin de renovar sus provisiones.
Teniendo en cuenta que la chalupa iría a recocerlo todo para trasladarlo a la goleta, se apresuró a regresar al cabo, no sin tomar las más grandes precauciones.
Apenas fue de día, y después de convencerse que la orilla estaba desierta, Vázquez entró en la caverna.
Encontró todavía numerosos objetos de poco valor, con los cuales, sin duda, no querían embarazar la cala de la Maule. Pero cuando Vázquez fue en busca de comestibles, qué desesperación!... Todos se los habían llevado los bandidos, y el infeliz torrero sólo tenía víveres para cuarenta y ocho horas.
Vázquez no tuvo tiempo de abandonarse a sus reflexiones.


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