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Cinco Semanas en Globo (Julio Verne) - pág.86

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Les privaremos del encanto de nuestra
conversación.
-Y sin embargo, es preciso que yo baje -respondió el doctor Fergusson-, aunque no sea
más que un cuarto de hora. De otro modo, no puedo comprobar los resultados de nuestra
exploración.
-¿Es, pues, indispensable, Samuel?
-Tan indispensable que bajaremos aunque tengamos que andar a tiros.
-No lo sentiría -respondió Kennedy, acariciando su carabina.
-Dispuesto estoy a bordo, señor -dijo Joe, aprestándose al combate.
-No será la primera vez -respondió el doctor- que la ciencia haya tenido que empuñar
las armas. A ellas se vio obligado a recurrir en las montañas de España un sabio francés
cuando medía el meridiano terrestre.
-Mantén la calma, Samuel, y confía en tus dos guardaespaldas.
-¿Bajamos ya, señor?
-Todavía no. Vamos a elevarnos un poco para conocer con exactitud la configuración
del terreno.
El hidrógeno se dilató y, en menos de diez minutos, el Victoria planeaba a una altura de
dos mil quinientos pies del suelo.
Desde allí se distinguía una inextricable red de arroyos que el río acogía en su lecho. La
mayor parte venían del oeste, atravesando fértiles campos y numerosas colinas.
-Nos hallamos a menos de noventa millas de Gondokoro -dijo el doctor, señalando el
mapa-, y a menos de cinco del punto alcanzado por los exploradores procedentes del
norte. Acerquémonos a tierra con precaucion.
El Victoria descendió más de dos mil pies.
-Ahora, amigos, preparaos para cualquier cosa.
-Lo estamos -respondieron Dick y Joe.
-¡Bien!
Muy pronto, el Victoria avanzó siguiendo el lecho del río y apenas a cien pies de éste.
En aquel punto, el Nilo medía cincuenta toesas, y en las aldeas de las orillas los indígenas
se agitaban tumultuosamente. Al llegar al segundo grado, el río forma una cascada
vertical de unos diez pies de altura y, por consiguiente, infranqueable.
-Aquí tenemos la cascada indicada por Debono -exclamó el doctor.
El cauce del río se ensanchaba y estaba sembrado de numerosos islotes que Samuel
Fergusson devoraba con la mirada; parecía buscar un punto de referencia que no
encontraba.
Unos negros se habían acercado en una barca hasta quedar situados debajo del globo.
Kennedy les saludó con un disparo, y, aunque no hirió a ninguno, todos huyeron
precipitadamente a la orilla.
-¡Buen viaje! -les deseó Joe-. Si yo fuera quien estuviese en su pellejo, no volvería; me


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