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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.45

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Al contemplar aquel insólito paisaje, me vino a la memoria el acoso a que se veía sometido Akeley por seres invisibles cuando viajaba por aquella misma carretera, y no me extrañó lo más mínimo que tales cosas pudieran acaecerle.
El pintoresco y precioso pueblo de Newfane, al que llegamos en menos de una hora, fue nuestro último contacto con el mundo que el hombre puede llamar decididamente suyo por derecho de conquista y posterior ocupación. Tras atravesarlo abandonamos toda relación con lo inmediato, tangible y temporal, y nos adentramos en un fantástico mundo de sosegada irrealidad por el que la angosta y serpenteante carretera subía, bajaba y se retorcía, con un casi consciente e intencional capricho, por entre las desoladas cumbres cubiertas de una verde pátina y los casi despoblados valles. Con la única excepción del ruido del coche y algún que otro leve murmullo en las escasas granjas por las que pasábamos muy de vez en cuando, el único sonido que llegaba a mis oídos era el incesante gorgoteo y discurrir de misteriosas aguas que brotaban de innumerables manantiales ocultos en los sombríos bosques.
La inmediatez de las achatadas y majestuosas montañas resultaba ahora un espectáculo verdaderamente impresionante. La pendiente y lo escarpado de aquellos picos era aún mucho mayor de lo que me había imaginado, y no parecían tener nada en común con el mundo prosaico y objetivo que conocemos. Los frondosos y no hollados bosques que cubrían aquellas inaccesibles laderas parecían ocultar misteriosos e increíbles secretos, y hasta llegué a creer que el perfil mismo de las montañas tenía un significado extraño que el paso del tiempo hubiera relegado al olvido, como si se tratara de imponentes jeroglíficos legados por una supuesta raza de titanes cuyas hazañas sólo se conservan en raros y profundos sueños. Aquella atmósfera de tensión y amenaza inminente se vio reforzada por todas las leyendas del pasado y todas las asombrosas revelaciones contenidas en las cartas y fotografías de Henry Akeley que mi memoria avivó. El objeto de mi visita y las tenebrosas anomalías que presuponía, se me hicieron de repente presentes causándome un estremecimiento que casi apagó mi ardor por ahondar en las profundidades de lo arcano.
Mi guía debió advertir mi inquietud, pues a medida que la carretera era más irregular y discurría por parajes más abruptos, haciendo nuestra marcha más lenta y más traqueteante, sus ocasionales observaciones de cumplido adquirieron una continuidad, hasta constituir un discurso fluido.


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