El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.12
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Pues nada hay de más sagrado que la vida. Dios no quiere que se malogre ni una sola inútilmente. Tiene razón Simje, prenderían a los jóvenes y los convertirían en esclavos en la ciudad. Por eso los hombres robustos y los niños, no deben salir con los demás en la noche. Pero otra cosa es con nosotros. Somos viejos, e inútil es para todos un anciano, y sobre todo para sí mismo. No podemos remar en las galeras, los que apenas tendríamos fuerza de cavar la tierra para nuestra propia sepultura, y hasta la muerte, al sorprendernos, no gana gran cosa. A nosotros toca acompañar los sagrados objetos. Que se reúnan, pues, y se dispongan para el viaje sólo aquellos que tienen más de setenta años.
Salieron fuera del gentío los ancianos, de ambas barbas todos. Eran diez, y al unirse a ellos Rabbi Eliéser, el puro y claro, eran once: los más jóvenes pensaron en los patriarcas del pueblo cuando vieron juntos a los últimos de un tiempo ido, serenos y solemnes. Una vez más se separó el Rabbi de ellos y retornó al otro grupo:
-Los viejos, los ancianos iremos: no temáis vosotros por nuestra suerte. Mas, ha de acompañarnos también un niño, un muchacho, a fin de que sea testigo para la próxima y postpróxima generación. Pronto moriremos, nuestra luz está medio consumida y en breve enmudecerá nuestra voz. Pero que quede uno por años y años, uno que haya visto con sus propios ojos el candelabro de la mesa del Señor. para que prosiga viviendo la certeza de linaje en linaje y de generación en generación, de que lo que consideramos lo más sagrado no está perdido para siempre, sino que sólo sigue recorriendo su senda eterna. Un niño de corta edad debe acompañarnos, aunque no comprenda el sentido, para que sea testigo.
Todos callaron. Cada cual pensaba temeroso en su propio hijo al que mandar a la noche y el peligro. Pero ya se había levantado Abthalion el tintorero.
-Voy a buscar a Benjamín. mi nieto. Siete años tiene nada más, tantos años como brazos tiene el candelabro, y eso me parece una señal. Preparáos entretanto para la caminata, tomad para el consumo todo cuanto encontréis en mi casa; yo tengo al niño.
Los ancianos se sentaron alrededor de la mesa, los más jóvenes les sirvieron vino y pan. Pero antes de que quebrasen el pan, inició el Rabbi la oración que en todos los tiempos pronunciaban los antepasados tres veces por día.
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