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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.33

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Otros amigos dijeron a la familia March, que habían perdido toda ocasión de ser recordados en el testamento de la rica anciana, pero los poco mundanos March dijeron:
-No podemos renunciar a nuestras chicas ni por doce fortunas. Ricos o pobres, viviremos juntos, y seremos felices todos juntos. Por algún tiempo la señora anciana no quiso tratarse con ellos; pero encontrándose en una ocasión con Jo en casa de una amiga, algo en su cara cómica y en sus maneras toscas la impresionó favorable-mente, y propuso tomarla como señorita de compañía. Esto no le gustaba a Jo en lo más mínimo, pero aceptó la colocación a falta de otra mejor, y, con gran sorpresa de todo el mundo, se llevó muy bien con su irascible parienta. De vez en cuando había una borrasca, y una vez Jo llegó a irse a su casa, diciendo que no podía soportar más; pero la tía March se calmó pronto e insistió tanto en que Jo volviese, que ella no pudo rehusar, porque había algo amable en la vieja señora, a pesar de todo.
Sospecho que la verdadera atracción era una biblioteca grande de hermosos libros viejos, abando­nados al polvo y a las arañas desde la muerte del tío March. Jo se acordaba de aquel señor, viejo y bon­dadoso, que le permitía construir ferrocarriles y puentes con sus diccionarios grandes, le contaba histo­rias referentes a las ilustraciones curiosas en sus libros latinos y le compraba caramelos cuando la en­contraba en la calle. El cuarto, oscuro y cubierto de polvo, con los bustos, que parecían encararla desde los altos armarios, las butacas, las esferas y sobre todo, el sinfín de libros entre los cuales podía escoger a su gusto, hacían de la biblioteca un verdadero paraíso para ella.
Tan pronto como la tía March se echaba a dormir la siesta, Jo se dirigía corriendo a su refugio y, sentada en la butaca grande, devoraba poesía, novela, historia, viajes y cuadros como un ratón de bi­blioteca.
Pero como no hay felicidad duradera en este mundo, en el preciso momento en que llegaba al co­razón de la historia, al verso más dulce del poema o a la aventura más peligrosa de un explorador, una voz chillona gritaba: " ¡Jo! ¡Jo! " y tenía que dejar su paraíso para devanar hilo, lavar el perro o leer las obras de Belsham durante horas.
La ambición de Jo era hacer algo magnífico; qué fuera, ella no lo sabía, pero dejaba al tiempo el descubrírselo, y entretanto su aflicción más grande era no poder leer, correr y montar a caballo tanto como quisiera.


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