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Confesiones de un Croupier - Capítulo 09: El Infierno al Desnudo

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Pienso que no hay espectáculo más trágico y patético que el ver a una mujer jugando. He presenciado como literalmente miles de mujeres hermosas, muchas de ellas de la nobleza, y algunas de sangre real, intentaban seducir, hora tras hora, a la suerte, en los Casinos de Europa. Las he visto ganar, pero no he envidiado su agitación febril, convencido de que muy pocas entre ellas saldría de allí con dinero, y sabría conservarlo.

Fuí testigo forzado de innumerables tragedias, y espectador ante el drama de mujeres con cuerpos tan bellos como un amanecer en los trópicos, que dejaban sus últimos francos sobre el paño verde, para luego, con un temblor en los labios, y una mirada demasiado sombría para ser descripta, abandonar la densa atmósfera del Casino, y bajo el cielo cubierto de estrellas, volarse los sesos, o beber de un golpe el contenido de un pequeño frasco, para caer, la boca convulsa, para ya no volver a levantarse.

Más triste aún, ví a mujeres cuya virtud fuera intachable aceptar la sonrisa insinuante de algún granuja, y sacrificar la última de las prendas -su honor- en aras de la probabilidad de obtener algunos miles de francos adicionales, los que caerían también en el pozo sin fondo del Casino.

Tuve ocasión de tratar en Monte Carlo a los más famosos personajes del mundo, emperadores, reyes, príncipes, y a la mitad de la nobleza europea. He recogido el dinero de nueve de cada diez de los millonarios de los cinco continentes, me he mezclado con los dignos y con los bajos, los buenos y los malos, los capaces y los inútiles. Mis ojos han guardado tragedias más sombrías que las del Grand Guignol, y que ningún dramaturgo podía sobrepasar en ironía y patetismo. He visto llorar a un Emperador a causa de su mala suerte, y cómo una gran actriz se atravesaba el corazón debido a que la pequeña bolsa, se rehusaba -como la mitad de los potentados de Europa- a rendirse ante su fascinación y encanto indudables.

Se me presenta ahora a la memoria un episodio del que fue protagonista ese gran rey que se llamaba Eduardo VII, y que acaeció en una de sus frecuentes vacaciones en la Riviera. Lo acompañaba el Príncipe de Gales, que fue después Jorge V. Su llegada a la "salle privé" causaba siempre alguna excitación, y la tarde aquella en que ocurrió el incidente- que voy a relatarles, la espectativa crecía pues corría el rumor de que el soberano era dueño de un "sistema infalible".

Cuando Eduardo VII llegó a mi mesa, de la cual era antiguo conocido, hízole compañía nada menos que el Archiduque Francisco Fernando (el asesinado en Sarajevo), heredero del trono de los Austrias.

Frente a la vieja emperatriz Eugenia, estaba el rey, y cerca de ellos, el gran duque Nicolás de Rusia, Sara Bernhardt, y una docena de millonarios americanos.

Ganó el monarca inglés, y no estuvo solo en la suerte. Pero yo noté, de súbito, que Eduardo observaba de extraña manera a su vecino, un hombre estrambótico y moreno, al que en cierto instante del juego, hube de retirar sus manos que recogían algunas "plaquettes"...

-Me parece que esta no es su jugada, ¿no es verdad, Monsieur? -inquirí fríamente.

-No por cierto -dijo el rey Eduardo- son del duque, que está distraído del juego. El hombrecillo de tez oscura, al oir sus palabras abandonó la mesa con premura, dejando el lugar vacante, para la más brillante y hermosa de las concurrentes: la bella Otero. Supe después que el mestizo era un truhán de América del Sur sospechoso de traficante de blancas, y del cual ya volveré a ocuparme. El conflicto casi me cuesta el puesto, y sufrí un descenso, que no fue mayor gracias a la oportuna intervención de Eduardo VII.

Recuerdo la figura del caballeresco Jorge V, cuando era Príncipe de Gales, aunque jamás pude verlo interviniendo en juego alguno. Su rostro frente a las mesas, parecía entre aburrido y apenado, y no pocas veces me pregunté cuales serían sus pensamientos, en contraste con su padre, que era cultor fanático y pertinaz del tapete.

Cierta vez que terminado mi descanso, regresaba yo a la “Salle privé” de cuya ruleta principal estaba encargado, a través de los caminos tortuosos y perfumados del Jardín Botánico de Mónaco, cuando percibí tras unos matorrales, el cuerpo de una mujer joven, vestida en traje de recepción, con la garganta cubierta de joyas, o imitaciones costosas. Al inclinarme sobre ella, vi a su lado una botella pequeña y elocuente por demás...

No mencionaré más detalles. Basta agregar que, después de identificado el cuerpo de esa inconsciente, se notificó a sus familiares quienes costeados por el Casino, trasladaron los restos de la infeliz a la tumba de sus antecesores en un lugar del mediodía de Francia.
Es estúpido hilvanar reflexiones sobre las consecuencias del juego sobre el destino de la gente, ya que quienes resuelven arriesgar su destino suelen pagar en carne propia la imprudencia, sin merecer piedad ni condenación. Soy de opinión de que el Estado debería tomar intervención para controlar esa fuente de esclavitud moral y degradación.

Les referiré a Uds. la historia, muy notable, de un secuestro que sucedió a jovencitas muy hermosas que hallándose en Monte Carlo algo desorientadas por el alcohol, fueron secuestradas en el "yatch" de un multimillonario Sudamericano, el que pronto elevó velas mar adentro. Sólo debido a la providencial acción de un telegrafista consciente, salvaron las niñas de un porvenir demasiado sombrío para ser descripto. Dicho potentado -hombre de madurez bien cumplida, y con una fama de sátiro que conocía media Europa-, entró en complicidad con un "Barón" austríaco cuyo título deseo que no haya sobrevivido. Ese hombre ávido de riquezas propuso un día, frente a una botella de champaña en el Casino, al millonario:

-Me parece que puedo presentarle a cualquier mujer hermosa que a Ud. le apetezca, de las presentes. Muy interesado el magnate giró la vista, y seleccionó a cuatro damas que a su juicio, parecían muy apropiadas para colmar sus aspiraciones subalternas.

-Resultará fácil -murmuró el pillete "Barón", sugiriendo de paso al otro, de que aprestara su yate esa misma noche. El "servicio" costaría al millonario la insignificancia de 100.000 francos. Y así comenzó “la faena”...
Inconscientes por la bebida, la doble pareja de mujeres fue conducida al yate, el que zarpó en seguida con su precioso cargamento. Diez minutos más tarde, el "Barón" recibía en una cabina interna del barco, la suma estipulada, a tiempo que la embarcación se internaba velozmente mar afuera.

Cuando las chicas recobraron el sentido -lo que no tardó en ocurrir- intentaron obtener auxilio del telegrafista, un joven mozo, que trabajara antes en una gran línea transatlántica. Comprendiendo éste la realidad del episodio, se comunicó secretamente con la Policía de Mónaco, la que a su vez telegrafió instrucciones para que se tomara posesión del yate apenas éste arribara a Génova. Los dos días que siguieron hasta la llegada a ese puerto, lo pasaron las muchachas escondidas en un lugar de proa, mientras se hizo creer al millonario de que se habían escapado en un bote salvavidas.

Apenas arribó el barco, se precipitaron los detectives a él. El telegrafista entregó a las muchachas, que fueron conducidas a tierra, mientras el millonario era llevado a prisión. El cónsul de su país ayudó en lo que pudo a las infelices, pero ellas se rehusaron a todo auxilio, y partieron, por propios medios, a Inglaterra, reflexionando, sin duda, cómo sus sueños románticos fueron destrozados tan intempestivamente, por un mundo demasiado materialista.

La historia no rebasó los límites de Monte Carlo, porque su divulgación hubiese perjudicado el prestigio del Casino, y el del dinero y los intereses que lo ensombrecen. En algún próximo capítulo les contaré de todas las medidas que la Empresa tomaba para presentar sus tapetes como una luz de esperanza para los desposeídos y ambiciosos que sueñan en los cinco continentes de este mundo pecador, con el poder y las perspectivas insondables de que el dinero hace poseederas.







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