Drácula (Abraham Stroker) - pág.169
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No debe usted estar solo, pues estar solo es estar lleno de temores y alarmas. Venga a la sala, donde hay una buena lumbre y dos sofás. Usted se acostará en uno y yo en el otro, y nuestra compañía nos dará cierto alivio, aun cuando no hablemos, y aun en caso de que durmamos.
Arthur se fue con él, echando una nostálgica mirada al rostro de Lucy, que yacía en su almohada casi más blanca que la sábana. Yacía bastante tranquila, y yo miré alrededor del cuarto para ver que todo estuviera en orden. Pude ver que el profesor había realizado en este cuarto, al igual que en el otro, su propósito de usar el ajo; todas las guillotinas de las ventanas olían fuertemente a él. Y alrededor del cuello de Lucy, sobre el pañuelo de seda que van Helsing le había hecho usar, había tosca gargantilla hecha de las mismas olorosas flores. Lucy estaba respirando un tanto estertorosamente y su rostro estaba descompuesto, pues la boca abierta mostraba las pálidas encías. A la tenue e incierta luz, sus dientes parecían más largos y más agudos de lo que habían estado en la mañ ana. En particular, debido quizá a algún juego de luz, los caninos parecían más largos y agudos que el resto. Yo me senté a su lado, y al poco tiempo ella se movió inquieta. En el mismo instante llegó una especie de sordo aleteo o arañazos desde la ventana. Fui silenciosamente hacia ella y espié por una esquina de la celosía.
Había luna llena, y pude ver que el ruido era causado por un gran murciélago que revoloteaba, indudablemente atraído por la luz, aunque fuese tan tenue, y de vez en cuando golpeaba la ventana con las alas. Cuando regreso a mi asiento, vi que Lucy se había movido ligeramente y se habían desprendido las flores de ajo del cuello. Las coloqué nuevamente en su sitio lo mejor que pude, y me senté, observándola.
Al poco rato despertó, y yo le di alimentos tal como los había prescrito van Helsing. Sólo tomó
unos pocos, y de mala gana. Parecía que ya no estaba con ella su antigua inconsciente lucha por la vida, y la fortaleza que hasta entonces había marcado su enfermedad. Me sorprendió como un hecho curioso el que en el momento de volverse consciente ella apretara las flores de ajo contra su pecho.
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