No siempre lo peor es cierto (Pedro Calderón de la Barca) - pág.42
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que en cas de don Diego vaya;
logre él felice su amor,
y ella gustosa... Mas nada
digo. Adiós, don Juan.
LEONOR: ¡Ay, cielos!
Espera, Carlos.
CARLOS: ¿Que aun hablas?
LEONOR: Si yo supe...
CARLOS: No prosigas.
LEONOR: ...que aquí...
CARLOS: No me digas nada.
LEONOR: No...pues yo...si... Hablar no puedo.
Vista y aliento me faltan.
¡Jesús mil veces!
Desmáyase
JUAN: Cayó
en mis brazos desmayada.
CARLOS: Tenla, don Juan. ¡Ay Leonor!
Que te adoro, aunque me matas,
y es muy distinto sentir
tu traición que tu desgracia.
JUAN: En lágrimas y gemidos
se le han vuelto las palabras.
Esperad, Carlos, a que
entre al cuarto de mi hermana
con ella.
CARLOS: Sí, don Juan, id;
algún remedio se le haga.
Mas dejadla que se muera,
pues para otro amor se guarda.
JUAN: Después veremos los dos
lo que hemos de hacer.
Entrala
CARLOS: ¡Mal haya
rendimiento tan postrado,
pasión tan avasallada,
afecto tan abatido
y voluntad tan postrada!
A más quejas, más amor;
a más agravios, más ansias;
a más traición, más firmeza.
Mas ¿qué me admira y espanta?
Que quien no ama los defectos
no puede decir que ama.
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
JORNADA TERCERA
Salen don CARLOS y don JUAN
CARLOS: ¿Volvió del desmayo?
JUAN: Sí;
pero volvió de manera
que pienso que mejor fuera
no haber vuelto.
CARLOS: ¿Cómo así?
JUAN: Como al instante que allí
restauró el perdido aliento
fue tan grande el sentimiento
que de tenerle ha tenido,
que a un tiempo cobró el sentido
y perdió el entendimiento,
según los extremos son
que hace confusa y turbada.
CARLOS: ¿Qué dice?
JUAN: Que es desdichada,
sin oírla su razón.
CARLOS: ¡Oh mal haya mi pasión!
JUAN: Vos ¿qué habéis determinado?
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