Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.22
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Pero si su amor por las buenas costumbres fue sorprendido en el rellano, su respeto por el cardenal fue escandalizado en la antecámara. Allí, para gran sorpresa suya, D´Arta gnan oía criticar en voz alta la política que hacía temblar a Europa, y la vida privada del cardenal, que a tantos altos y poderosos personajes había llevado al castigo por haber tratado de profundizar en ella: aquel gran hombre, reverenciado por el señor D´Artagnan padre, servía de hazmerreír a los mosqueteros del señor de Tréville, que se metían con sus piernas zambas y con su espalda encorvada; unos cantaban villancicos sobre la señora D´Aiguillon, su amante, y sobre la señora de Combalet, su nieta, mientras otros preparaban partidas contra los pajes y los guardias del cardenal-duque, cosas todas que parecían a D´Arta-gnan monstruosas imposibilidades.
Sin embargo, cuando el nombre del rey intervenía a veces de improviso en medio de todas aquellas rechiflas cardenalescas, una especie de mordaza calafateaba por un momento todas aquellas bocas burlonas; miraban con vacilación en torno, y parecían temer la indiscreción del tabique del gabinete del señor de Tréville; pero pronto una alusión volvía a llevar la conversación a Su Eminencia, y entonces las risotadas iban en aumento, y no se escatimaba luz sobre todas sus acciones.
-Desde luego, éstas son gentes que van a ser encarceladas y colgadas -pensó D´Artagnan con terror-, y yo, sin ninguna duda, con ellos porque desde el momento en que los he escuchado y oído seré tenido por cómplice suyo. ¿Qué diría mi señor padre, que tanto me ha recomendado respetar al cardenal, si me supiera en compañía de semejantes paganos?
Por eso, como puede suponerse sin que yo lo diga, D´Artagnan no osaba entregarse a la conversación; sólo miraba con todos sus ojos, escuchando con todos sus oídos, tendiendo ávidamente sus cinco sentidos para no perderse nada, y, pese a su confianza en las recomendaciones paternas, se sentía llevado por sus gustos y arrastrado por sus instintos a celebrar más que a censurar las cosas inauditas que allí pasaban.
Sin embargo, como era absolutamente extraño el montón de cortesanos del señor de Tréville, y era la primera vez que se le veía en aquel lugar, vinieron a preguntarle lo que deseaba. A esta pregunta, D´Artagnan se presentó con mucha humildad, se apoyó en el título de compatriota, y rogó al ayuda de cámara que había venido a hacerle aquella pregunta pedir por él al señor de Tréville un momento de audiencia, petición que éste prometió en tono protector transmitir en tiempo y lugar.
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