El príncipe feliz (Oscar Wilde) - pág.7
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-«He vuelto para despedirme de ti, para decirte adiós.
-«Golondrina, golondrina, golondrinita» -contestó el Príncipe-. «¿No te quedarías una noche más conmigo?»
-«Ya es invierno» -dijo la golondrina- «y la helada nieve pronto llegará. En Egipto el sol es caliente sobre las palmeras verdes, y los cocodrilos descansan en el lodazal y miran perezosos a su alrededor. Mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbec, y las palomas blancas y rosadas las vigilan, arrullándose entre sí. Querido Príncipe, tengo que abandonarte, pero nunca te podré olvidar, y en la próxima primavera, te traeré dos magníficas piedras preciosas, en lugar de las que has regalado. El rubí será más rojo que una rosa, y el zafiro será tan azul como el ancho mar».
-«Allá abajo, en la plaza» -siguió diciendo el Príncipe Feliz- «está en pie una niña vendedora de cerillos. Se le han caído todos los cerillos al arroyo, y ya no sirven. Su padre la maltratará, le pegará, si no trae algo de dinero a la casa, y por eso llora. No tiene ni zapatos ni medias, y su cabeza está descubierta. Sácame el otro ojo, dáselo, y su padre no le pegará».
-»Me quedaré una noche más contigo» -respondió la golondrina-, «pero no puedo sacarte el otro ojo. Te quedarás completamente ciego».
-«Golondrina, golondrina, golondrinita» -dijo el Príncipe-. «Haz lo que te mando.»
Así las cosas, le sacó el otro ojo, y lo llevó consigo, descendiendo y pasando junto a la pequeña vendedora de cerillos, le deslizó la gema en la palma de la mano.
- «Qué precioso vidrio» -gritó la niña-. Y corrió riendo hacia su casa.
Entonces la golondrina volvió al Príncipe.
-«Ahora estás ciego» -dijo-. «Así es que me quedaré para siempre contigo.»
-«No, golondrinita» -replicó el pobre Príncipe-. «Debes irte a Egipto.»
-«Me quedaré para siempre a tu lado» -dijo la golondrina. Y se durmió a los pies del Príncipe.
Todo el día siguiente lo pasó sobre el hombro del Príncipe, y le contó muchas cosas de todo lo que había visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos, que permanecen inmóviles en largas hileras a orillas del Nilo, y pescan peces dorados, con sus largos picos.
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