David Copperfield (Charles Dickens) - pág.35
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Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no era la suya ni la de Peggotty, y me deslicé al suelo, al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me cogía de un brazo, diciendo:
-¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvidado? Firmeza, querida.
-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me proponía ser buena; pero ¡estoy tan desesperada ...!
-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte decir eso tan pronto, Clara.
-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora -insistió mi madre a punto de llorar-. ¿No te parece que es cruel?
Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la besó. Y yo supe para siempre, cuando vi la cabeza de mi madre apoyada en su hombro y su brazo rodeándole el cuello, supe perfectamente que la naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como él quisiera. Lo supe desde entonces, y así fue.
-Vete, amor mío -dijo míster Murdstone-. David y yo bajaremos juntos. Amiga mía -dijo, volviéndose hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió mi madre, despidiéndose de ella con una sonrisa-. ¿Sabe usted el nombre de su señora?
-Hace mucho tiempo que la sirvo, señor -contestó Peggotty-; debo saberlo.
-Es verdad -contestó él-; pero me parece que cuando subía las escaleras le oí a usted dirigirse a ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe usted que ha tomado el mío. ¡Acuérdese!
Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una reverencia y salió sin replicar, dándose cuenta de que era lo que él esperaba y de que no tenía excusa para continuar allí.
Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone cerró la puerta y se sentó en una silla ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos clavados no menos intensamente en los suyos. ¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo estábamos así, cara a cara, me parece oír de nuevo latir mi corazón.
-David -me dijo con sus labios (delgados de apretarse tanto uno con otro)-: si tengo que domar a un caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que hago?
-No lo sé.
-Lo azoto.
Le había contestado débilmente, casi en un susurro; pero ahora en mi silencio sentía que la respiración me faltaba por completo.
-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de dominarlo, y aunque le haga derramar toda la sangre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que tienes en la cara?
-Barro -dije.
Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis lágrimas; pero aunque me hubiera hecho la pregunta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo que mi corazón de niño se hubiese roto antes que confesárselo.
-Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia -me dijo con su grave sonrisa habitual-, y veo que me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.
Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a mistress Gudmige, y me hacía gestos de que le obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un poco; ahora no tengo la menor duda de que me habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no le hubiera obedecido.
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