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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.18

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Durante los días sucesivos, el mar permaneció casi desierto. Apenas aparecieron dos lejanas velas en el horizonte del este. Los barcos que pasaban a una decena de millas de la Isla de los Estados, no trataban seguramente de abordar las costas de América. En opinión de Vázquez, debían ser balleneros que se dirigían a los sitios de pesca en los parajes antárticos.
Hasta el 20 de diciembre no hubo que consignar más que observaciones meteorológicas. El tiempo se habla tornado variable, con bruscos cambios de viento. Cayeron fuertes chaparrones, acompañados a veces de granizo, lo que indicaba cierta tensión eléctrica en la atmósfera. Había que temer, por lo tanto, algunas tormentas, que serían de gran intensidad, dada la época del año.
En la mañana del 21, Felipe pasaba fumando, cuando creyó ver un animal del lado del bosque de hayas. Después de haberlo observado atentamente, fue en busca de su anteojo, con el auxilio del cual pudo reconocer que se trataba de un venado de gran talla. Se presentaba la ocasión de hacer un buen tiro.
Vázquez y Moriz, a quienes Felipe advirtió del caso, salieron de la habitación.
Los tres convinieron en que era preciso cazarlo. SÍ se conseguía cobrar el venado, disfrutarían de un agradable plato de carne fresca, que ya hacía mucho no saboreaban.
Moriz, armado de carabina, trataría, sin ser advertido, de colocarse a retaguardia del animal y echarlo hacia la bahía, donde Felipe esperaría apostado.
-Mucha cautela -dijo Vázquez-; esos animales tienen la vista y el oído muy finos. En cuanto vea a Moriz, tomará las de Villadiego; si es así, dejarle correr, porque no hay que alejarse. ¿Está entendido?
-Entendido -contestó Moriz. Vázquez y Felipe se apostaron, y con el anteojo pudieron comprobar que el venado no se había movido del sitio donde apareciera.
Su atención se trasladó luego a Moriz.
Este dirigíase hacia el bosque, y una vez a cubierto, tal vez podría, sin espantar al animal, ganar las rocas para tomarle de revés, obligándole a huir del lado del mar. Sus camaradas pudieron seguirle con la mirada hasta el momento en que desapareció entre las hayas.
Pasó una media hora; el venado continuaba inmóvil, y Moriz debía estar va de él a tiro de fusil.
Vázquez y Felipe esperaban, pues, una detonación y que el animal cayese, o, por el contrario, huyera a toda velocidad.
Sin embargo, ninguna detonación turbó el silencio de la isla, y con gran sorpresa de Vázquez y Felipe, he aquí que de pronto el animal, en vez de retirarse, se echó al suelo, con el cuerpo desmayado, como si no hubiera tenido fuerza para sostenerse.


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