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Confesiones de un Croupier - Capítulo 03: La Mujer y el Azar

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Para describir al tipo femenino de jugador, pienso que no hay nada mejor que repetir lo que una vez oyera a Pierre Loti, el famoso cuentista y narrador francés. Conversaba éste con Ana Pavlowa, observando a una mesa que por extraño azar estaba compuesta solamente por representantes del bello sexo.

-La mujer que juega -dijo Loti- es como la delicada flor que extrae sus jugos de un terreno encantador y envenenado. Disfruta al principio todo el placer de la sensación nueva y extraña, pero gradualmente la ponzoña destruirá su vitalidad, y la otrora hermosa flor habrá de doblegar su tierna cabeza, desmayar y morir... Una mujer jugadora es justamente como esas flores...

La Pavlowa quedó en silencio por unos instantes.
-Habla Ud. como un romántico -exclamó finalmente-. ¿No le parece que esa comparación con las flores es un poquito caprichosa?
-Las mujeres, ¡Dios las bendiga! son el jardín de la tierra.Todo en la tierra sería más negro aún sin su presencia.

La gran bailarina rusa sonrió al francés, y rozándole conquetamente con su gran abanico de plumas, se despidió enseguida del poeta.

Entre los grandes jugadores que han adquirido fama en los distintos Casinos de Europa, casi la mitad fueron del sexo de Eva. Cuando una mujer cae en la fascinación del juego, ninguna penuria, ni siquiera las perspectivas de muerte, podrán impedirle regresar al tapete. Cuántos miles de mujeres no he visto yo, con vueltas y ardientes, la mirada llena de aquel fulgor que denota como se hallaban poseídas por el demonio, el demonio del juego.

De los dos sexos, son con mucho las mujeres quienes más confían en ganar. Presencié en incontables ocasio¬nes, a jovencitas pasarse las horas jugando, jugando hasta perder todo su dinero, incluso los préstamos o regalos que podían obtener de sus padres o maridos.

Todos los años, durante la temporada, llegaba a Deauville una joven que siempre me había despertado gran interés. Venía a la sala directamente del comedor, después de la comida, una mirada excitada en el rostro, las manos repletas de fichas resonantes, cada una de ellas de un valor de mil francos, acabadas de adquirir en la Caja. Se ubicaba entonces en una de las mesas, y de allí no se movía hasta bien pasada la mediano¬che, ganando a veces, perdiendo las más.

Lo que más despertaba mi interés era el que ella estuviese siempre sola, sin hablar jamás a nadie. Pa¬recíame también como si su clara y juvenil belleza sa¬jona se hallara fuera de lugar en la atmósfera exótica y ficticia del Casino.

Intrigado inicié mis averiguaciones, y supe así, que tenía un título nobiliario inglés, y era hija de un, duque. Se había casado hacía poco, y no revelaré su a nombre en vista de lo que sucedió despues.

Una noche tuvo una asombrosa racha de suerte. Estaba yo de "croupier" en su mesa; las ganancias de la dama iban creciendo gradualmente, hasta que las fichas a su frente, sobrepasaban a las de la banca en más de doscientos mil francos.

Era ya medianoche, hora usual de su partida, pero tanto la había absorbido tal excepcional racha, que olvidada del tiempo proseguía jugando. Terminaba de recoger otra serie de fichas, cuando un judío alemán, gordo y vulgar le dijo con insolencia:
-Señora, Ud. se equivoca. Esa jugada era mía.

Se hizo un pequeño revuelo. El resto de los juga¬dores, envidiosos sin duda de la suerte de la inglesa, pusiéronse del lado del germano. Aguardé hasta que se calmó el bullicio de las voces, y dije:
-La jugada es de Madame.

Protestó el tudesco, y llegó hasta arrebatan las fichas de manos de la inglesa, y ponerlas en su bolsillo. Oprimiendo el botón eléctrico a mi lado, hice venir a dos detectives, y les expliqué lo que ocurría. La joven y el hombre fueron conducidos aparte, y allí se co¬municó a éste que si no devolvía las fichas a la dama, pues... sería desagradable... ¡para Monsieur!...

Después de algunas objeciones, él alemán extrajo las placas y las arrojó al rostro de la inglesa. No había terminado de hacerlo, cuando un británico que se había mantenido aparte, se lanzó sobre el agresor, y tomándolo del cuello, le dió un golpe en la quijada que lo lanzó por los suelos.

Se le sacó enseguida del salón, mientras la chica, después de dar gracias a su defensor, retornó sonriendo al tapete, donde reanudó su juego, después de un encantador gesto amistoso.

El incidente tuvo un singular "denuement". La joven y su paladín iniciaron un romance, y son hoy marido y mujer. Sospecho que la inglesita serán de las pocas que bendecirán el recuerdo de una sala de juego, pues en ella encontró la verdadera felicidad.

Otra vez lllegó al Casino un hombre cuya única virilidad parecía refugiarse en el sexo . Estos granujas, no llegan a jugar, sino a buscar alguna muchacha joven e inexperta que haya perdido más de la cuenta. Obesos, pesados, la mirada sensual, estos sujetos buscan alrededor de la mesa a su víctima, que pronto cae bajo las garras opulentas del libertino, quien sabrá extraerles su último y más -p picio tesoro. Es esto un aspecto de la vida de los Casinos, sobre el que la Dirección no puede tener control.


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