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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.164

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Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó a mi lado en un taburete. Y el velo que le cubría la cabeza, y le tapaba ligeramente el rostro, estaba echado a un lado, y exhalaba delicados aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y arrebataba la razón. Se sentó y saludó a Badreddín, que después, de corresponder a su salutación de paz, se quedó de pie ante ella, y empezó a hablar, mostrándole telas de varias clases. Y yo, al oír la voz de la dama, tan llena de encanto y tan dulce, sentí que el amor apuñalaba mi hígado.
Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron bastante lujosas, dijo a Badreddin: «¿No tendrías por casualidad una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?» Y Badreddin fue al fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela sacó una de seda blanca, tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló delante de la joven. Y ella la encontró muy a su gusto y a su conveniencia, y le dijo al mercader: «Como no llevó dinero encima, creo que me la podré llevar, como otras veces, y en cuanto llegue a casa te enviaré el importe,» Pero el mercader le dijo: «¡0h mi señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no es mía, sino del comerciante que está ahí sentado, y me he compromentido a pagarle hoy mismo;» Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo: «Pero desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más caras y pagarte más de lo que me pides. ¿No sabes que nunca he dejado de enviarte su importe inmediatamente?» Y el mercader contestó: «Ciertamente, ¡oh mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en seguida.» Y entonces la dama cogió la pieza de tela, se la tiró a. la cara al mercader, y le dijo: «¡Todos sois lo mismo en tu maldita corporación!» Y levantándose airada, volvió la espalda para salir.
Pero yo comprendí que mi alma se iba con ella, me levanté apresuradamente y le dije: «¡Oh mi señora! Concédeme la gracia de volverte un poco hacia mí y desandar generosamente tus pasos.» Entonces ella volvió su rostro hacia donde yo estaba, sonrió discretamente, y me dijo: «Consiento en pisar otra vez esta tienda, pero es sólo en obsequio tuyo.» Y se sentó en la tienda frente a mí. Entonces, volviéndome hacia Badreddin, le dije: «¿Cuál es el precio de esta tela?» Badreddn contestó: «Míl cien dracmas.» Y yo repuse: «Está bien, Te pagaré además cien dracmas de ganancia. Trae un papel para que te de el precio por escrito.» Y cogí la pieza de seda tejida con oro, y a cambio le di el precio por escrito, luego entregué la tela a la dama, diciéndole: «Tómala, y puedes irte sin que te preocupe el precio, pues ya me lo pagaras cuando gustes.


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