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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.109

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Se la quité y. le di un golpe, mientras el niño me decía llorando: «Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana; y mi padre ha ido a buscarla a Basara, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido esa para jugar.» Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer, caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he dado por dos dinares a mi ama más pequeña.»
Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:

Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él? .
¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?

Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro, y lo llevó ante el califa, a quien contó la historia.
Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección a los humanos.
Entonces Giafar le dijo: «No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su hermano Chamseddin.»
Y el califa exclamó: «¿Y qué historia es esa, más asombrosa que la que acabamos de oir?» Y Giafar dijo: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi negro Rihán.» Y el califa respondió: «¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.»

HISTORIA DEL VISIR NUREDDIN, DE SU HERMANO
EL VISIR CHAMSEDDIN Y DE HASSAN BADREDDIN

Entonces, Giafar Al-Barmaki dijo:

«Sabe, ¡oh Comendador de los Creyentes! que había en el país de Mesr un sultán justo y benéfico. Este sultán tenía un visir sabio y prudente, versado en las ciencias y las letras. Y este visir, que era. muy viejo, tenía dos hijos que parecían dos lunas. El mayor se llamaba Chamseddin y el menor Nureddin; pero Nureddin, el más pequeño, era ciertamente más guapo y mejor formado que Chaniseddin, el cual, por otra parte, era perfecto. Pero nadie igualaba en todo el mundo a Nureddin. Era tan admirable, que en ninguna comarca se ignoraba su hermosura, y muchos viajeros iban a Egipto, desde los países más remotos, sólo por el gusto de contemplar su perfección y las facciones de su rostro.
Pero quiso el Destino que falleciera su padre el visir. Y el sultán se condolió mucho. Enseguida mandó llamar a los dos jóvenes, hizo que se aproximaran a él, les regaló trajes de honor, y les dijo: «Desde ahora desempeñaréis junto a mí el cargo de vuestro padre:» Entonces ellos se alegraron, y besaron la tierra entre las manos del sultán.


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