La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.28
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Pero sus labios pronunciaron con un equívoco acento de gratitud y cariño el nombre de la difunta señora Fairlic.
-¡El nombre de mí madre! Me interesa, extraordinariamente. Le suplico que continúe.
Conté entonces mi encuentro con la mujer del traje blanco, tal y como había ocurrido, y palabra por palabra repetí aquellas que ella dijo con respecto a la señora Fairlie. Los brillantes y resueltos ojos de la joven me miraron fijamente hasta que mi relato hubo terminado. En su rostro se pintaba el más vivo interés y la más grande de las sorpresas. Pero nada más. Evidentemente, ella estaba tan lejos de tener en sus manos la clave del misterio como yo mismo.
-¿Está usted completamente seguro de que fueron esas las palabras que dijo con respecto a mi madre?
-Completamente. Quien quiera que sea la mujer que pasé una temporada en Cumberland, debió, indiscutiblemente, de ser tratada con gran afecto por su señora madre, y en recuerdo de todas esas bondades, la pobre loca experimenta un sincero afecto por todas las personas que la rodearon. Ella no ignoraba que la señora y el señor Fairlie habían muerto, y habló de la señorita Fairlie como si la hubiese conocido de niña.
-Pero, por lo que usted dice, esa desventurada no era de ¿verdad?
-No. Dijo que era de Hampshire.
-¿No tiene usted idea de cuál pueda ser su nombre?
-No, ninguna.
-Es muy extraño, pero por lo que usted dice, me parece que hizo usted bien devolviéndole la libertad, puesto que ningún acto justificaba el que se le privara de ella. No obstante, hubiera sido para mi una alegría el que usted hubiese conseguido saber su nombre. Hemos de averiguarlo. Creo prudente que no digamos nada de esto ni al señor Fairlie ni a mi hermana; con toda seguridad, ellos no saben más que yo de este asunto. Pero los dos, en muy distintos modos, son nerviosos y se excitan demasiado. Sólo conseguiría usted excitarles y alarmarlos sin provecho ninguno. Por lo que a mí respecta, me siento llena de curiosidad. Desde este instante me propongo consagrar todas mis energías a descubrir este misterio. Cuando llegó mi madre después de su segundo matrimonio, fundó la escuela del pueblo y ésta ha subsistido tal y como ella la dejó. Pero los antiguos maestros han muerto ya, y por ese lado nada podemos saber. De todos modos, es posible que exista un medio.
Interrumpió nuestra conversación la llegada de un criado que me anunció seguidamente que el señor Fairlie tendría un gran placer en recibirme después del desayuno.
-Espere usted en el salón -dijo la señorita Halcombe, contestando por mí al criado-.
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