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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.34

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Destruya la grabación y no se meta para nada en esto.
Atentamente, Akeley

Esta carta me sumió en un terror abismal. No sabía qué responder, así que me limité a garrapatear unas incoherentes palabras de consejo y aliento, enviándoselas a mi corresponsal por correo certificado. Recuerdo que en aquella carta le instaba a Akeley a que se trasladara inmediatamente a Brattleboro y se pusiera bajo la protección de las autoridades, añadiéndole que yo me dirigiría allá con la grabación fonográfica y le ayudaría a convencer a los jueces de su cordura. Creo que le decía también que había llegado el momento de alertar a la gente de la presencia de tales seres. Conviene señalar que en aquellos momentos de extrema tensión creía prácticamente en todo lo que decía Akeley, aunque pensaba que si no pudo hacer una fotografía - del monstruo muerto era más culpa suya que atribuible a algún fenómeno de la Naturaleza.


V

El sábado 8 de septiembre por la tarde, tras cruzarse al parecer con mis incoherentes líneas, recibí una extraña y tranquilizadora carta, mecanografiada con toda pulcritud en una máquina a todas luces nueva. Era una extraña carta en la que trataba de tranquilizarme y me hacía una invitación; en ella se operaba una prodigiosa transición en el curso del alucinante drama de las solitarias montañas. De nuevo echo mano de la memoria para reproduciría, y en esta ocasión, por motivos especiales, trataré de atenerme con la mayor fidelidad posible al estilo. Llevaba matasellos de Bellows Palis, y tanto el texto de la carta como la firma estaban a máquina, como suele ser corriente entre quienes aprenden mecanografía. El texto, sin embargo, mostraba una gran precisión para tratarse de un aprendiz, de lo que deduje que Akeley debió escribir a máquina en algún momento de su vida... quizá en sus años de estudiante. Si bien es cierto que la carta me tranquilizó bastante, bajo aquel alivio se ocultaba una sensación de desasosiego. Si Akeley estaba en su sano juicio cuando experimentaba terror, ¿lo estaba también ahora en la nueva situación? Y esas «mejores relaciones» a que se refería, ¿qué era exactamente? Aquello suponía un cambio radical en la actitud que hasta entonces había mantenido Akeley. Pero lo mejor será que reproduzca el texto, minuciosamente transcrito gracias a una memoria de la que, modestamente, me enorgullezco.

Townshend, Vermont.
Jueves, 6 de septiembre de 1928.


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