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S.O.S. (Agatha Christie) - pág.13

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Me gustaría saber por qué.
-Por un poco de té -exclamó Mortimer.
Y con un gesto rápido extrajo un tubo de ensayo de su bolsillo, en el que vació el contenido de una de las tazas que había sobre la mesa.
-¿Qué... qué hace usted? -preguntó el señor
Dinsmead, con el rostro palidísimo, del que había desaparecido todo el acaloro anterior como por arte de magia.
La señora Dinsmead lanzó un gemido.
-¿Lee usted los periódicos, señor Dinsmead? Estoy seguro que sí. Algunas veces se lee la noticia de que toda una familia ha sido envenenada..., ciertos miembros de la misma se recobraron y otros no. En este caso uno hubiera muerto. La primera explicación sería la carne en lata que están comiendo, pero ¿y suponiendo que el médico fuese un hombre receloso y que no se dejase convencer fácilmente por esa teoría? En su despensa hay un paquete de arsénico, y en el estante de debajo un paquete de té. Nada más natural que suponer que el arsénico cayó en el té por accidente... Su hijo sería inculpado de descuido y nada más.
-Yo... yo no sé a qué se refiere -exclamó Dinsmead.
-Creo que sí lo sabe -Mortimer cogió otra taza de té y llenó otro tubo. Al primero le puso una etiqueta roja y al otro una azul.
-El de la etiqueta roja -dijo- contiene té de la taza de su hija Carlota, y el otro de la de Magdalena; y estoy dispuesto a jurar que en el primero se encontrará cuatro o cinco veces mayor cantidad de arsénico que en el segundo.
-¡Está loco! -exclamó Dinsmead.
-¡Oh, pobre de mí! Nada de eso. Usted me dijo hoy mismo, señor Dinsmead, que Magdalena no era hija suya. Y me mintió. Magdalena es su hija. CarIota es la niña que ustedes adoptaron y que es tan parecida a su madre, que cuando hoy tuve en mis manos una miniatura de su madre la tomé por la propia Carlota. Ustedes deseaban que su propia hija heredara la fortuna, y puesto que era imposible ocultar a Carlota, y alguien que hubiera conocido a su madre hubiese comprendido la verdad por su extraordinario parecido, decidieron..., bueno..., poner el arsénico blanco suficiente en el fondo de una taza de té.
La señora Dinsmead lanzó de pronto una risa histérica.
-Té -gritó-; eso es lo que dijo, té, y no limonada.
-¿Es que no puedes callarte? -rugió su esposo.


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