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Problema en el mar (Agatha Christie) - pág.4

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Suspiró.
-Su vitalidad es maravillosa, querida señora -dijo Poirot, con el tono un poco mecánico de la persona que dice lo que esperan que diga.
La señora Clapperton soltó una risita juvenil.
-¡Todo el mundo me dice lo joven que estoy! ¡Es absurdo! Nunca niego que tenga cuarenta y tres años -continuó con franqueza un tanto falsa-, pero a mucha gente le cuesta trabajo creerlo. «¡Tienes tanta vitalidad, Adeline!», me dicen. Pero la verdad, monsieur Poirot, ¿qué sería de uno si no tuviera vitalidad?
-Se moriría -dijo Poirot.
La señora Clapperton frunció el ceño. No le gustó la respuesta. Aquel hombre, pensó, quería hacerse el gracioso. Se levantó y dijo fríamente:
-Voy a buscar a John.
Al cruzar la puerta, se le cayó el bolso. Éste se abrió y su contenido se desparramó por el suelo. Poirot corrió galantemente a ayudarla. Tardó varios minutos en recoger las barras de labios, las polveras, las pitilleras, el encendedor y otras cosas diversas. La señora Clapperton le dio las gracias cortésmente, salió luego a cubierta y dijo:
-¡John!
El coronel Clapperton continuaba enfrascado en su conversación con la señorita Henderson. Se volvió y se acercó apresuradamente a su esposa, inclinándose hacia ella en actitud protectora. ¿Estaba su silla en el sitio apropiado? ¿No era mejor...? Su actitud era muy cortés y solícita. Evidentemente, una esposa mimada por su amante esposo. La señorita Henderson miró al horizonte, como si la escena le desagradara profundamente.
De pie en la puerta del salón de fumar, Poirot observaba.
Una voz áspera y temblona dijo a su espalda: .
-Si yo fuera su marido, le daría con una hacha.
El viejo caballero, a quien la gente joven del barco, sin ningún respeto, conocía por el Patriarca de los Plantadores de Té, acababa de entrar, arrastrando los pies.
-¡Chico! -llamó-. ¡Tráeme un whisky!
Poirot se agachó para recoger un trozo de papel caído del bolso de la señora Clapperton y que le había pasado inadvertido. Observó que era parte de una receta para un preparado de digitalina. Lo guardó en el bolsillo, con la intención de devolvérselo más tarde a la señora Clapperton.
-Sí -continuó el anciano pasajero-. Es una mujer venenosa. En Poona conocí a una como ella. En el año 87.
-¿Y le dio alguien con una hacha? -preguntó Poirot.
El anciano meneó tristemente la cabeza.
-Mató a su marido a disgustos antes de un año.


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