Los relojes (Agatha Christie) - pág.33
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aquélla se hizo a un lado para dejarnos pasar.
- El señor Hardcastle --anunció al tiempo que cerraba la puerta a
nuestras espaldas.
La señorita Martindale estaba sentada tras una gran mesa. Al entrar
nosotros nos miró atentamente. Era una mujer de aspecto vivaz que
rondaría los cincuenta años. Llevaba sus rojizos cabellos peinados
a lo «pompadour». Tenía unos ojos brillantes que daban la
impresión de mantenerse siempre alerta.
Su mirada se detuvo en Dick, fijándose luego en mí.
- ¿El señor Hardcastle?
Dick sacó de su cartera una de sus tarjetas oficiales,
entregándosela. Yo procuré quedar en segundo plano ocupando
una silla junto a la entrada del despacho.
La señorita Martindale enarcó las cejas, denotando su sorpresa y su
disgusto.
- ¿El detective inspector Hardcastle? ¿En qué puedo serle útil,
inspector?
- He venido para solicitar de usted una pequeña información,
señorita. Creo que está en condiciones de poder ayudarme.
Guiándome por el tono de su voz pensé que Dick había decidido
andarse con ciertos rodeos antes de abordar la cuestión que le
había llevado allí, mostrándose lo más amable posible. Yo dudaba
de que la señorita Martindale respondiera adecuadamente a su sutil
maniobra. Pertenecía a ese tipo humano que los franceses
denominan con la frase une femme formidable.
Yo estaba estudiando el escenario de la entrevista. En la pared, por
encima de la cabeza de la directora de la firma, descubrí toda una
colección de fotografías dedicadas. Una de ellas era de Ariadne
Oliver, escritora de novelas policíacas, a la que conocía
superficialmente. Afectuosamente suya, Ariadne Oliver, rezaba su
dedicatoria, estampada a través del retrato. Muy agradecido, Garry
Gregson, eran las palabras que se leía en otro. Garry Gregson.
escritor de obras de misterio, había muerto dieciséis años atrás.
Suya siempre, Miriam, era la dedicatoria que figuraba en otra
fotografía de Miriam Hogg, escritora especializada en la novela de
tipo romántico. La literatura atrevida quedaba representada allí por
Armand Levine, cuyo rostro tímido, coronado por una gran calva, se
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