La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.143
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Pero siempre que pensé en ella me la imaginé tal como la había visto en su habitación del Savoy, moviéndose absorta entre un montón de elegantísimos vestidos negros. Tengo la convicción de que aquella tranquilidad suya no era una pose, sino completamente natural. Su plan había salido perfectamente y no tenía el menor remordimiento. No creo que ninguno de los crímenes que cometió la preocupasen en absoluto. A continuación reproduzco una carta que escribió antes de morir, ordenando que después de la ejecución se la entregasen a Poirot. Es un documento que retrata maravillosamente el carácter de aquella hermosísima mujer:
«Querido monsieur Poirot: Después de pensarlo mucho, me he decidido a escribirle. Sé que algunas veces publica usted los reportajes de los casos interesantes en que ha intervenido. No creo que en ninguno de los libros que ha escrito haya añadido documento alguno de los interesados. Por tanto, le envío esta carta, pues deseo que todo el mundo sepa cómo llevé a cabo mis propósitos.
Sigo creyendo que todo estaba estupendamente planeado y que, de no haber intervenido usted en el asunto, todo hubiera terminado bien. Espero que en su libro concederá gran importancia a esta carta. Me gustaría mucho que la gente se acordase de mí y que se publicasen mis hazañas. Porque estoy segura de que he sido única. Por lo menos, aquí, en la cárcel, todos me lo dicen.
El origen de todo viene de cuando conocí a Merton en América. Yo comprendí en seguida que sólo enviudando lograría que se casase conmigo. Ha sido una verdadera lástima que ese hombre tuviese tantos prejuicios contra el divorcio. Todo cuanto hice por convencerle fue inútil. Viviendo mi marido, no se casaría conmigo jamás. Es un verdadero chiflado.
Entonces decidí que mi marido muriera. Pero no veía la manera de lograrlo. La verdad es que en los Estados Unidos los hombres no son tan idiotas como en Inglaterra. Si Merton hubiese sido americano, las cosas se habrían arreglado mucho mejor. En fin, como iba diciendo, me pasé días enteros procurando descubrir la manera de enviudar. Pero ante cada solución surgía un enorme inconveniente. Empezaba ya a perder la esperanza, cuando, estando en Inglaterra, vi a Charlotte Adams en un teatro y comprobé lo maravillosamente que me imitaba. Entonces vi el cielo abierto. Con su ayuda conseguiría una coartada perfecta. Empecé a reflexionar de qué medio me valdría, y se me ocurrió enviarle a usted a visitar a mi marido, pidiéndole, en mi nombre, el divorcio.
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