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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.42

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Su abuelo no sabe lo que le con­viene y lo tiene encerrado siempre solo.
Necesita la compañía de chicos alegres que jueguen con él, o por lo menos de alguien que sea jo­ven y animado. Ganas me dan de pasar y decírselo así al viejo caballero.» Aficionada a las aventuras, la idea le encantaba, y aunque sus acciones escandalizaran a Meg, no echó al olvido el plan de «pasar» a la casa vecina, y cuando llegó la tarde de la nevada, Jo estaba lista para intentarlo. Vio salir en coche al señor Laurence, y entonces se puso a abrir un sendero hasta el seto, donde se paró para hacer un reco­nocimiento.
Todo estaba tranquilo; no se veían criados; en una ventana del piso alto, una cabeza de pelo rizado y negro, apoyada sobre una mano delgada, era la única señal de vida.
"Allá está -pensó Jo -. ¡Pobre chico! ¡Completamente solo y enfermo en un día tan triste! ¡Qué lás­tima! Arrojaré una bola de nieve y cuando mire le diré algo para animarlo.» Allá fue la pelota de nieve y al momento el chico volvió la cabeza, mostrando una cara que perdió su aspecto de tristeza, con ojos que se alegraban y labios que sonreían. Jo hizo una señal, rió y agitó la escoba mientras gritaba:
-¿Cómo está usted? ¿Está enfermo?
Abrió la ventana Laurie y gritó, ronco como un cuervo:
-Mejor, gracias. He tenido un catarro terrible y llevo una semana encerrado en casa.
-Lo siento mucho. ¿Cómo se distrae usted?
-De ningún modo; esto es más aburrido que un sepulcro.
-¿No lee usted?
-No mucho; no me lo permiten.
-¿No hay alguien que le lea algo en voz alta?
-Algunas veces mi abuelo lo hace; pero mis libros no le interesan y no me gusta pedirle siempre a

Brook que me lea. -Entonces, llame a alguien que vaya a visitarlo. -No quiero ver a nadie. Los chicos hacen mucho ruido y me duele la cabeza. -¿No hay alguna muchacha amable que pueda leerle y entretenerlo?
Las muchachas son más tranquilas y desempeñan con gusto el papel de enfermeras. -No conozco a ninguna. -Me conoce usted a mí -comenzó a decir Jo, riéndose al punto y parándose. -¡Claro que la conozco! ¿Quiere usted hacerme el favor de venir? -gritó Laurie. -Yo no soy una persona agradable y tranquila, pero iré si mamá me lo permite. Voy a preguntárse­


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