Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.351
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traídos de Berna. Un movimiento de flanco, sin embargo,
produjo un rendimiento incondicional, pues
Laurie sabia muy bien cuáles eran los puntos vulnerables
de la defensa:
-Jovencito .le dijo., cuando tuve el honor de
conocerlo, usted me pegó en la cara con el puño, de
modo que ahora exijo una satisfacción de caballero.
Después de semejante discurso, el altísimo tío
procedió a echar al aire al sobrinito de un modo que,
causando deterioro en su dignidad filosófica, deleitaron
su alma de chico juguetón.
-¡Dios me bendiga!¡Si está vestida de seda de
pies a cabeza!¿No es una delicia verla ahí sentada tan
lujosa y oír llamar señora Laurence a nuestra pequeña
Amy? .mascullaba la vieja Ana, que no podía resistir
la tentación de «espiar» mientras tendía la mesa.
¡Y cómo charlaron! primero uno, después otro y
más tarde todos a la vez, tratando de hacer en media
hora la historia de tres años. Fue una bendición
que se sirviera el té para ofrecer una pausa y como
un modo de recobrar las fuerzas, pues de seguir así
hubiesen acabado todos afónicos y exhaustos. Y fue
muy feliz el cortejo que entró en el comedorcito: el
señor March, orgullosamente acompañando a la «señora
de Laurence», y la señora de March, no menos
orgullosa de apoyarse en el brazo de «mi hijo» mientras
el anciano señor Laurence iba con Jo, murmu
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