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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.30

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Por último, me volví a la cama y conseguí dormir unos momentos, más bien de pesadilla que de sueño, en los cuáles me sentía caer y caer eternamente, en los abismos del cielo.
Durante el almuerzo asombré a Cavor, al decirle brevemente:
-No voy con usted en la esfera.
A todas sus protestas contesté con firme persis­tencia.
- La cosa es, demasiado loca - dije,- y no iré. La cosa, es demasiado loca...
No fui más al laboratorio con él. Me quedé en mi casa un rato, y luego tomé mi bastón y salí a pasear solo, sin saber adónde.
La. mañana era hermosísima: un viento tibio, un cielo azul obscuro, los primeros verdores de la pri­mavera en la tierra, y multitud de pájaros cantando. Hice mi lunch con carne, fiambre y cerveza en una pequeña taberna cerca de Elham, y asombré al pro­pietario del establecimiento con esta observación, a propósito del tiempo:
-¡El hombre que abandona el mundo cuandohay días como éste, es un tonto!
-Eso es lo que yo digo cuando oigo hablar deello - dijo el patrón.- Y en seguida supe por su boca que, por lo menos para una pobre alma, este mundo resultaba excesivo: un hombre se había cortado la garganta. Continué mi camino con una nueva com­plicación en mis ideas.
En la tarde eché una agradable siesta en un aso­leado recodo, y reanudé la marcha, refrescado ya.
Llegué a una posada de cómodo aspecto, cerca de Canterbury. Los vidrios y las baldosas brillaban, y la propietaria era una vieja muy aseada, que se captó mis simpatías. Noté que aún me quedaba en el bolsi­llo lo necesario para pagar mi alojamiento, y decidí pasar la noche en la posada. La señora era muy co­municativa, y entre otras muchas cosas me hizo sa­ber que nunca había estado en Londres.
-Canterbury es el lugar más lejano a que haya llegado en mi vida -dijo.- No soy una de esas jo­vencitas de Londres que van y vienen por todas partes.
-¿Le gustaría a usted un viaje a la luna? - ex­clamé.
-Nunca he comprendido que la gente suba en globo - me contestó, evidentemente bajo la impre­sión de que la excursión que yo la proponía era ya bastante común; - y yo no iría en ninguno ... no, por nada del mundo.
Esto me divirtió, pues era realmente gracioso.


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