El alcalde de Zalamea (Pedro Calderón de la Barca) - pág.38
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aquella, ¡ay de mí!, prestada
luz, que del sol participa,
pretendió--¡ay de mí otra vez
y otras mil!--con fementidas
palabras buscar disculpa
a su amor. ¿A quién no admira
querer de un instante a otro
hacer la ofensa caricia?
¡Mal hay el hombre, mal haya
el hombre que solicita
por fuerza ganar un alma!
Pues no advierte, pues no mira,
que las victorias de amor
no hay trofeo en que consistan,
sino en granjear el cariño
de la hermosura que estiman;
porque querer sin el alma
una hermosura ofendida,
es querer una belleza
hermosa pero no viva!
¡Qué ruegos, qué sentimientos,
ya de humilde, ya de altiva,
no le dije! Pero en vano;
pues--¡calle aquí la voz mía!--
soberbio--¡enmudezca el llanto!--
atrevido--¡el pecho gima!--
descortés--¡lloren los ojos!--
fiero--¡ensordezca la envidia!--
tirano--¡falte el aliento!--
osado--¡luto me vista!...
y si lo que la voz yerra,
tal vez el acción explica.
De vergüenza cubro el rostro,
de empacho lloro ofendida,
de rabia tuerzo las manos,
el pecho rompe de ira.
Entiende tú las acciones;
pues no hay voces que lo digan.
Baste decir que a las quejas
de los vientos repetidas,
en que ya no pedía al cielo
socorro sino justicia,
salió el alba, y con el alba,
trayendo a la luz por guía,
sentí ruido entre unas ramas.
Vuelvo a mirar quién sería,
y veo a mi hermano. ¡Ay cielos!
¿Cuándo, cuándo, ah suerte impía,
llegaron a un desdichado
los favores con más prisa?
Él, a la dudosa luz
que, si no alumbra, domina,
reconoce el daño antes
que ninguno se lo diga
--que son linces los pesares
que penetran con la vista--.
Sin hablar palabra, saca
el acero, que aquel día
le ceñiste. El capitán,
que el tardo socorro mira
en mi favor, contra el suyo
saca la blanca cuchilla.
Cierra el uno con el otro;
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