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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.47

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Este debe ser el género de los signos corporales: en las muecas consiste la expresión de las sensaciones; la de los afectos reside en las miradas.
Como el primer estado del hombre es la miseria y la debilidad, sus primeras voces son el quejido y el llanto. El niño siente sus necesidades y no las puede satisfacer, y entonces implora el socorro ajeno por medio de gritos: si tiene hambre o sed, llora; si quiere dormir y no se le mueve, llora; si tiene mucho frío o mucho calor, llora; si desea moverse y se le tiene en reposo, llora.
Cuanto más su posición le incomoda, más frecuentemente pide que se le mude. No posee más que un lenguaje, porque sólo conoce una clase de incomodidad; en la imperfección de sus órganos, no distingue la diversidad de impresiones, y todos los males no son para él otra cosa que una sensación de dolor.
De estos llantos que pudieran creerse tan poco dignos de atención, nace la primera relación del hombre con todo cuanto le rodea; aquí se forja el primer anillo de esta larga cadena de que el orden social está formado.
Cuando el niño llora, tiene algún deseo que no puede satisfacer: se examina esta necesidad, se la encuentra, y entonces se le sacia. Cuando no es hallada o no se le puede remediar, los llantos continúan y nos importunan; halagamos al niño para que calle, le mecemos, le arrullamos para que se duerma; si no calla, nos enojamos, le amenazamos, y algunas nodrizas de mal genio a veces suelen pegarle. He ahí lecciones extrañas para su entrada en la vida.
No me olvidaré jamás de haber visto uno de estos incómodos llorones pegado por su nodriza; se calló al momento, y creí que se había asustado. Me dije para mí: será un alma servil que no obtendrá nada que no sea más que por el rigor. Me equivocaba; al desventurado le sofocaba la cólera, había perdido la respiración; le vi volverse amoratado. Un momento después vinieron los gritos agudos; todos los signos del resentimiento, la desesperación, el furor de esta edad estallaban en su acento. Yo creí que expiraría en esta agitación. Si hubiera dudado que el sentimiento de justicia y de injusticia fuera innato en el corazón del hombre, este ejemplo me habría convencido. Estoy seguro de que un ascua que hubiera caído casualmente sobre la mano del niño, la hubiera sentido menos que el pequeño golpe, pero dado con ánimo manifiesto de hacerle daño.


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