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El arte de amar (Ovidio) - pág.39

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Cantaré grandes cosas: vulgo de los amantes, préstame dócil aten­ción. El trabajo es arduo, pero no hay esfuerzo sin peligro, y el arte que enseño se recrea en las dificul­tades. Tolera en calma a tu rival y acabarás por ven­cer, y aun entrarás triunfante en el templo del sumo Jove. Cree mis vaticinios, que no los profieren la-bios mortales, sino las encinas de Dódona. Mi ense­ñanza no conoce preceptos más sublimes. ¿Se entiende por señas con tu rival?; sopórtalo indife­rente. ¿Le escribe?; no te apoderes de sus tablillas, déjala ir y volver por doquiera al tenor de su capri-cho. Algunos maridos tienen esta complacencia con sus legítimas esposas, sobre todo cuando el dulce sueño viene a facilitar los engaños: en este punto, lo confieso, yo no he llegado a la, perfección. ¿Qué partido tomar? Los consejos que prescribo rebasan la medida de mis fuerzas. ¿Toleraré que en mis bar-bas un cualquiera se entienda por gestos con mi amada, sin que estalle el volcán de mi cólera? Re­cuerdo que cierto día ella recibió un beso de su ma­rido y me quejé amargamente; tan locas eran las exigencias de mi pasión. Este defecto me perjudicó no poco en múltiples ocasiones. Es más ladino e1 que permite que otros se regodeen con su prenda; pero yo estimo lo mejor ignorarlo todo. Déjala que oculte sus trapacerías, no sea que la obligada confe­sión de la culpa haga huir el pudor de su rostro. Así, jóvenes, no queráis sorprender a vuestras amigas; consentid que os engañen y que os crean convenci­dos con sus buenas razones. Los amantes cogidos infraganti se quieren más desde que su suerte es igual, y el uno y el otro se aferran en seguir la con­ducta que los pierde.
Se cuenta una hazaña bien conocida en todo el Olimpo: la de Venus y Marte sorprendidos por la astucia de Vulcano. El furibundo Marte, poseído de un amor insensato hacia Venus, de guerrero terrible convirtióse en sumiso amador, y Venus, ninguna diosa es tan sensible a los ruegos, no se mostró hu­raña y dificultosa al numen de la guerra. ¡Cuántas veces dicen que puso en ridículo la cojera de su ma­rido y las manos callosas de andar entre el fuego y las tenazas! Delante de Marte simulaba la marcha torcida de Vulcano, y en estas burlas realzaba su hermosura con gracia sin rival.


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