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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.42

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-¡Por dos versos latinos! ¿Y nada más que por dos versos latinos hace diez años que está preso el infeliz?
-Sí.
-¿Y no ha cometido otro crimen?
Aparte de dichos dos versos, es inocente como vos y yo.
-¿Palabra?
-Palabra.
-¿Cómo se llama?
-Seldón.
-En verdad es excesivo. ¿Pero cómo sabiendo eso no me habíais advertido?
-Porque hasta ayer no me lo dijo la madre del desventurado.
-¿Y está pobre esa mujer?
-Está en la miseria más espantosa.
-¡Oh Dios! -exclamó Fouquet, -a las veces permitís tales injusticias, que me explico que haya infortunados que duden de vos. Tomad, señor de Herblay.
Dichas estas palabras, el superintendente tomó una pluma y escribió velozmente algunas líneas a su compañero Lyonne.
Aramis tomó el papel y se encaminó a la puerta.
-Guardaos, -dijo Fouquet, abriendo su cajón y sacando diez libranzas de a mil libras que había en él, -haced que salga el hijo, y entregad estas libranzas a la madre; pero sobre todo no le digáis...
-¿Qué, monseñor?
-Que con eso tiene diez mil libras más que yo, pues de lo contrario diría que yo soy un pobrísimo superintendente. Id, y espero que Dios bendiga a los que piensan en los pobres.
-También yo lo espero, -dijo Aramis besando la mano de Fouquet y saliendo apresuradamente con la carta para Lyonne, las libranzas para la madre de Seldón, y llevándose consigo a Moliere, que ya empezaba a impacientarse.

OTRA CENA EN LA BASTILLA

Sonaban las siete de la tarde en el gran reloj de la Bastilla. Era la hora de la cena de los pobres cautivos. Las puertas, rechinando sobre sus descomunales goznes, daban paso a las fuentes y a las cestas atestadas de manjares, cuya delicadeza, como el mismo Baisemeaux nos lo ha dado a conocer, se apropiaba a la condición del detenido.
Aquella era también la hora en que cenaba el gobernador, que aquel día tenía un convidado, por lo cual el asador volteaba más cargado que de costumbre.
La cena del gobernador, aparte de las sopas y los entremeses, se componía de un lebrato mechado, ceñido de perdices asadas que a su vez estaban rodeadas de codornices, gallinas en salsa, jamón frito y rociado con vino blanco, cardos de Guipúzcoa y langostines.
Baisemeaux, sentado a la mesa, se restregaba las manos y miraba al obispo de Vannes, el cual, vestido a lo caballero, con altas botas y la espada al cinto, no cesaba de hablar de su hambre y demostraba la más viva impaciencia.


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