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Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) - pág.28

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Página 28 de 175


La tía le vio y le obligó a soltarla.
El pastor citó el texto sobre el que iba a versar el sermón, y prosiguió con monótono zumbido de moscardón, a lo largo de una homilía tan apelmazada que a poco muchos fieles empezaron a dar cabezadas: y sin embargo, en «el sermón» se trataba de infinito fuego y llamas sulfurosas y se dejaban reducidos los electos y predestinados a un grupo tan escaso que casi no valía la pena salvarlos. Tom contó las páginas del sermón; al salir de la iglesia siempre sabía cuántas habían sido, pero casi nunca sabía nada más acerca del discurso. Sin embargo, esta vez hubo un momento en que llegó a interesarse de veras. El pastor trazó un cuadro solemne y emocionante de la reunión de todas las almas de este mundo en el milenio, cuando el león y el cordero yacerían juntos y un niño pequeño los conduciría. Pero lo patético, lo ejemplar, la moraleja del gran espectáculo pasaron inadvertidos para el rapaz: sólo pensó en el conspicuo papel del protagonista y en lo que se luciría a los ojos de todas las naciones; se le iluminó la faz con tal pensamiento, y se dijo a sí mismo todo lo que daría por poder ser él aquel niño, si el león estaba domado.
Después volvió a caer en abrumador sufrimiento cuando el sermón siguió su curso. Se acordó de pronto de que tenía un tesoro, y lo sacó. Era un voluminoso insecto negro, una especie de escarabajo con formidables mandíbulas: un «pillizquero», según él lo llamaba. Estaba encerrado en una caja de pistones. Lo primero que hizo el escarabajo fue cogerlo de un dedo. Siguió un instintivo papirotazo; el escarabajo cayó dando tumbos en medio de la nave, y se quedó panza arriba, y el dedo herido fue, no menos rápido, a la boca de su dueño. El animalito se quedó allí, forcejeando inútilmente con las patas, incapaz de dar la vuelta. Tom no apartaba de él la mirada, con ansia de cogerlo, pero estaba a salvo, lejos de su alcance. Otras personas, aburridas del sermón, encontraron alivio en el escarabajo y también se quedaron mirándolo.
En aquel momento un perro de lanas, errante, llegó con aire desocupado, amodorrado con la pesadez y el calor de la canícula, fatigado de la cautividad, suspirando por un cambio de sensaciones. Descubrió el escarabajo; el rabo colgante se irguió y se cimbreó en el aire.


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