La carta Robada (Edgar Allan Poe) - pág.5
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Mi honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es enorme. Por eso no he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es más astuto que yo mismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los sitios en que es posible que el papel pueda ser ocultado.
-¿Pero no es posible -sugerí-, aunque la carta pueda estar en la posesión del ministro como es incuestionable, que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?
-Es poco probable -dijo Dupin- La presente y peculiar condición de los negocios en la corte, y especialmente de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea validez del documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto de casi tanta importancia como su posesión.
-¿La posibilidad de ser exhibido? -dije.
-Es decir, de ser destruido -dijo Dupin.
-Cierto -observé-; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano. Supongo que podemos descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.
-Enteramente -dijo el prefecto- Ha sido dos veces asaltado por malhechores, y su persona rigurosamente registrada bajo mí propia inspección.
-Se podía usted haber ahorrado ese trabajo -dijo Dupin- D***, presumo, no está loco del todo; y si no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.
-No está loco del todo -dijo G***-; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la locura.
-Cierto -dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa-, aunque yo mismo sea culpable de algunas malas rimas.
-Supongamos -dije-, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.
-Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido larga experiencia en estos negocios. Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario de cada habitación. Abrimos todos los cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un ejercitado agente de policía, son imposibles los cajones secretos.
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