Una confesión encontrada en una prisión (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Entendiendo equivocadamente mi emoción ambos se esforzaron por darme ánimos con
la esperanza de que con toda seguridad encontrarían niño -¡qué gran alegría
significaba eso para mí! cuando de pronto oímos un aullido bajo y profundo, y
saltaron sobre el muro dos enormes perros que, dando botes por el jardín,
repitieron los ladridos que ya habíamos oído.
-¡Son sabuesos! -gritaron mis visitantes.
¡No era necesario que me lo dijeran! Aunque en toda mi vida hubiera visto un
perro de esa raza supe lo que eran, y para qué habían venido. Aferré los codos
sobre la silla y ninguno de nosotros habló o se movió.
-Son de pura raza -comentó el hombre al que había conocido en el extranjero-.
Sin duda no habían hecho suficiente ejercicio y se han escapado.
Tanto él como su amigo se dieron la vuelta para contemplar a los perros, que se
movían incesantemente con el hocico pegado al suelo, corriendo de aquí para
allá, de arriba abajo, dando vueltas en círculo, lanzándose en frenéticas
carreras, sin prestarnos la menor atención en todo el tiempo, pero repitiendo
una y otra vez el aullido que ya habíamos oído, y acercando el hocico al suelo
para rastrear ansiosamente aquí y allá. Empezaron de pronto a olisquear la
tierra con mayor ansiedad que nunca, y aunque seguían igual de inquietos, ya no
hacían recorridos tan amplios como al principio, sino que se mantenían cerca de
un lugar y constantemente disminuían la distancia que había entre ellos y yo.
Llegaron finalmente junto al sillón en el que yo me hallaba y lanzaron una vez
más su terrorífico aullido, tratando de desgarrar las patas de la silla que les
impedía excavar el suelo. Pude ver mi aspecto en el rostro de los dos hombres
que me acompañaban.
-Han olido alguna presa -dijeron los dos al unísono.
-¡No han olido nada! -grité yo.
-¡Por Dios, apártese! -dijo el conocido mío con gran preocupación-. Si no, van a
despedazarle.
-¡Aunque me despedacen miembro a miembro no me apartaré de aquí! -grité yo-.
¿Acaso los perros van a precipitar a los hombres a una muerte vergonzosa?
Ataquémosles con hachas, despedacémoslos
-¡Aquí hay algún misterio extraño! -dijo el oficial al que yo no conocía sacando
la espada-. En e nombre del Rey Carlos, ayúdame a detener a este hombre.

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