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La historia de duendes que secuestraron a un enterrador (Charles Dickens) - pág.5

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vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un
viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía
siendo la misma:
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!
El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:
-Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?
El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.
-¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? -preguntó el duende pateando con los
pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia
arriba de su calzado con la misma complacencia que si hubiera estado
contemplando en Bond Street las botas Wellingtons más a la moda.
-Es... resulta... muy curioso, señor -contestó el enterrador, medio muerto de
miedo-. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a
terminar mi trabajo, señor, si no le importa.
-¡Trabajo! -exclamó el duende-. ¿Qué trabajo? -La tumba, señor; preparar la
tumba -volvió a contestar tartamudeando el enterrador.
-Ah, ¿la tumba, eh? -preguntó el duende-. ¿Y quién cava tumbas en un momento en
el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -volvieron a contestar las misteriosas voces.
-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -dijo el duende sacando más que
nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas... y era una lengua de lo
más sorprendente-. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -repitió el
duende.
-Por favor, señor-replicó el enterrador sobrecogido por el horror-. No creo que
sea así, señor; no me conocen, señor; no creo esos caballeros me hayan visto
nunca, señor.
-Oh, claro que te han visto -contestó el duende-. Conocemos al hombre de rostro
taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas
miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al
hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el
muchacho podía estar alegre y él no. Le conocemos, le conocemos.
En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió
multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó e pie
sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar


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