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Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) - pág.39

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Te trataré con miramiento, en consideración a tu dueña, que tan afectuosamente me ha tratado. Si no... ¡Ah, si no! Por Júpiter, mis uñas te arrancarían los inanimados ojos, para que mi amo te aborreciera. (Sale.)

Acto quinto
Escena primera
Milán. -Una abadía
Entra EGLAMUR
     EGLAMUR. -El Sol empieza a vestir de oro el Occidente y ya está cercana la hora en que Silvia debe reunirse conmigo en la celda de fray Patricio. No faltará, pues los amantes son exactos y llegan más bien temprano que tarde; tanto les espolea su impaciencia. Ved dónde viene. (Entra SILVIA.) ¡Felices tardes, señora!
     SILVIA. -¡Amén, amén! Apresurémonos, buen Eglamur. Salgamos por la poterna del muro de la abadía. Temo que me siga alguien.
     EGLAMUR. -No temáis. El bosque distará de aquí unas tres leguas. Cuando le alcancemos ya no habrá peligro. (Salen.)


Escena II
La ciudad. -Aposento en el palacio del Duque
Entran TURIO, PROTEO y JULIA
     TURIO. -Señor Proteo, ¿qué dice Silvia acerca de mis galanteas?
     PROTEO. -¡Oh, señor! Se ha ablandado algo; y, no obstante, aún encuentra peros en vuestra persona.
     TURIO. -¡Cómo! ¿Dirá que tengo las piernas demasiado largas?
     PROTEO. -No, sino demasiado flacas.
     TURIO. -Calzaré botas para redondearlas.
     JULIA. - (Aparte.) Pero no hay espuela capaz de aguijonear el amor y hacerle amar lo que odia.
     TURIO. -¿Qué dice de mi rostro?
     PROTEO. -Que tenéis la tez blancuzca.
     TURIO. -Pues miente la bribona, mi cara es morena.
     PROTEO. -Pero las perlas son blancas, y ya sabéis el antiguo proverbio «Los morenos son perlas a los ojos de las mujeres bonitas.»
     JULIA. - (Aparte.) En verdad, perlas como tú jamás atraerán las miradas de las mujeres. Más bien cerraría yo los ojos para no verlas.
     TURIO. -Y mi conversación, ¿qué le parece?
     PROTEO. -Mala cuando habláis de guerra.
     TURIO. -¿Pero buena cuando de paz y de amor?
     JULIA. - (Aparte.) Sólo es amena cuando das paz a los labios.
     TURIO. -¿Qué dice de mi valor?
     PROTEO. -¡Oh, señor! Sobre eso no le cabe duda.
     JULIA. - (Aparte.) No podía tenerla, conociendo tu cobardía.
     TURIO. -¿Y de mi nacimiento?
     PROTEO. -Que venís de rancia estirpe.
     JULIA. - (Aparte.) Lo que no impide que de caballero vengas a necio.
     TURIO. -¿Concede importancia a mis posesiones?
     PROTEO. -¡Oh, sí! Y las lamenta.
     TURIO. -¿Por qué?
     JULIA. - (Aparte.) Porque las disfruta un asno como tú.
     PROTEO. -Por hallarse enajenadas.
     JULIA.


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