Como gustéis (William Shakespeare) - pág.19
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y, muy sesudo, dice: «Son las diez
Así podemos ver», dice, «cómo anda el tiempo. Hac
una hora que eran las nuev
y pasada una hora serán las once;
así de hora en hora maduramos,
así de hora en hora nos pudrimos
y eso encierra una lección». Cuando o
al bufón coloreado filosofar sobre el tiempo, mi
pulmones dieron brincos de alegrí
de ver lo reflexivos que eran los bufones;
estuve riendo sin parar una hor
de las de su reloj. ¡Noble bufón! ¡Gra
bufón! El color es lo que viste.
DUQUE ¿Y quién es el bufón?
JAIME Un gran bufón. Ha sido cortesano y dice que la dama que es joven y hermosa tiene un don para saberlo. Y en su cerebro, más seco que la galleta sobrante de una travesía, almacena un sinfín de observaciones, que suelta de forma quebrada. ¡Ah, quién fuera bufón! Suspiro por un traje de colores.
DUQUE Lo tendrás.
JAIME No pido más, con tal de que arranquéis de vuestro buen criterio la opinión, crecida en demasía, de que soy juicioso. Quiero libertad y el privilegio tan grande como el viento de soplarle
a quien yo guste, como el de los bufones
Y a los que más hayan crispado mis bobadas, má
haré reír. ¿Y por qué? El porqu
está más claro que la luz del día. Cuand
un bufón te pincha sabiamente será
necio si, por mucho que te duela,
no pareces insensible a su pinchazo. Si no, hast
la indirecta más fortuit
revelará la necedad del sabio. Vestidm
de color. Dadme licencia par
decir lo que pienso, que yo purgaré nuestr
mundo infectado hasta el fina
si tiene la paciencia de tomar mi medicina. DUQUE ¡Quita! Sé muy bien lo que harías. JAIME Por un céntimo, ¿qué haré sino el b ien?
DUQUE Pecado feo y perverso es censurar el pecado. Tú mismo has sido un libertino,
más lascivo que el impulso animal,
sobre el mundo entero arrojarías toda
las pústulas y llagas tumefactas qu
cogiste en tu licencia y desenfreno.
JAIME ¿Quién que condene el lujo ofende a alguien concreto? ¿No fluye tan copioso como el mar hasta que refluye, agotados sus recursos? ¿A qué mujer de la ciudad he nombrado al decir que la mujer de ciudad lleva sobre hombros indignos ropa de príncipes? ¿Quién puede decirme que aludo a ésta cuando su vecina es como ella? ¿O qué hombre de baja condición no dirá que yo no he pagado sus galas, creyendo que aludo a él y confirmando con su propia necedad el tenor de mi discurso? Pues ya está.
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