De la Tierra a la Luna (Julio Verne) - pág.8
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artísticamente reunidos. Los modelos de cañones, las muestras de bronce, los blancos
acribillados a balazos, las planchas destruidas por el choque de las balas del Gun-Club, el
surtido de baquetones y escobillones, los rosarios de bombas, los collares de proyectiles,
las guirnaldas de granadas, en una palabra, todos los útiles del artillero fascinaban por su
asombrosa disposición y hacían presumir que su verdadero destino era más decorativo
que mortífero.
En el puesto de preferencia, detrás de una espléndida vidriera, se veía un pedazo de
recámara rota y torcida por el efecto de la pólvora, preciosa reliquia del cañón de J. T.
Maston.
El presidente, con dos secretarios a cada lado, ocupaba en uno de los extremos del salón
un ancho espacio entarimado. Su sillón, levantado sobre una cureña laboriosamente
tallada, afectaba en su conjunto las robustas formas de un mortero de treinta y dos
pulgadas, apuntando en ángulo de 90°, y estaba suspendido de dos quicios que permitían
al presidente columpiarse como en una mecedora, que tan cómoda es en verano para
dormir la siesta. Sobre la mesa, que era una gran plancha de hierro sostenida por seis
obuses, se veía un tintero de exquisito gusto, hecho de una bala de cañón admirablemente
cincelada, y un timbre que se disparaba estrepitosamente como un revólver. Durante las
discusiones acaloradas, esta campanilla de nuevo género bastaba apenas para dominar la
voz de aquella legión de artilleros sobreexcitados.
Delante de la mesa presidencial, los bancos, colocados de modo que formaban eses
como las circunvalaciones de una trinchera, constituían una serie de parapetos del
Gun-Club, y bien puede decirse que aquella noche había gente hasta en las trincheras. El
presidente era bastante conocido para que nadie pudiese ignorar que no hubiera
molestado a sus colegas sin un motivo sumamente grave.
Impey Barbicane era un hombre de unos cuarenta años, sereno, frío, austero, de un
carácter esencialmente formal y reconcentrado; exacto como un cronómetro, de un
temperamento a toda prueba, de una resolución inquebrantable. Poco caballeresco,
aunque aventurero, siempre resuelto a trasladar del campo de la especulación al de la
práctica las más temerarias empresas, era el hombre por excelencia de la Nueva
Inglaterra, el nordista colonizador, el descendiente de aquellas Cabezas Redondas tan
funestas a los Estuardos, y el implacable enemigo de los aristócratas del Sur, de los
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