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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.37

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Página 37 de 205


La hoja de papel cubierta de círculos cayó de sus manos, y él se quedó mirando con fijeza al viejo terrorista, como si hubiera echado raíces en el lugar a causa de un horror malsano y el espanto del dolor físico. Stevie sabía muy bien que un hierro caliente aplicado a la piel dolía muchísimo. Sus ojos aterrados llamearon con indignación: debía ser un dolor terrible. Le babeaba la boca abierta.
Michaelis, mirando sin pestañear el fuego, había retomado ese estado de aislamiento que le era necesario para la continuidad de sus reflexiones. El optimismo empezaba a brotar de sus labios. Vio al Capitalismo destinado a la muerte desde su nacimiento, porque había nacido con el veneno del principio de competitividad en su sistema. Grandes capitalistas devorando a pequeños capitalistas, concentrando el poder y los medios de producción masivos, perfeccionando el proce­so industrial y, en la locura de la auto exaltación, tan sólo preparando, organizando, enriqueciendo, aprestando la herencia legal del proleta­riado sufriente. Michaelis pronunció la importante palabra «Paciencia» y su mirada azul claro, elevada hacia el bajo cielo raso de la trastienda de Mr. Verloc, adquirió un aire de plena confianza. En la puerta, Ste-vie, tranquilo ya, parecía hundido en la estupidez.
La cara del camarada Ossipon se crispó.
-Entonces no tiene sentido hacer nada... todo es inútil.
-No digo eso- protestó con gentileza Michaelis. Su visión de la verdad había surgido con tanta intensidad que la voz de un extraño no lograba derrotarla esta vez. Y continuó mirando, con la cabeza gacha, las brasas rojas. Una preparación para el futuro era necesaria y él esta­ba preparado a admitir que tal vez el gran cambio sobrevendría en medio del cataclismo de una revolución. Pero, argüía, la propaganda revolucionaria era un delicado trabajo de profunda conciencia. Era el modo de educar a los jefes del mundo. Debía ser tan cuidadosa como la educación de los reyes. Él quería que esos dogmas avanzaran con pre­caución, incluso con timidez, dada nuestra ignorancia del efecto que cualquier cambio económico podría causar sobre la felicidad, la moral, el intelecto, la historia de la humanidad. Porque la historia se hace con herramientas y no con ideas; y las condiciones económicas lo cambian todo: arte, filosofía, amor, virtud... ¡la verdad misma!
Las brasas de la chimenea se movieron con un débil chasquido; y Michaelis, el ermitaño de las visiones en el desierto de la penitenciaría, se puso de pie impetuosamente. Redondo como un globo inflado, abrió sus brazos cortos, gruesos, como en un intento sin esperanza de abrazar y estrechar contra su pecho al universo auto regenerado. Jadeó con ardor.
-El futuro es tan seguro como el pasado; esclavitud, feudalismo, individualismo, colectivismo.


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